La ira de Iglesias ante su propio fracaso

POOL - Europa P

Si uno analiza los mensajes que se difunden desde la Moncloa, podría llegar a la conclusión de que allí hay dos guionistas que se alternan en la escritura de los discursos sin escucharse el uno al otro. Con entre 28.000 y 40.000 muertos, según quien los cuente, y con cerca ya de cuatro millones de desempleados -un 25 % de los parados de toda la Unión Europea están en España- el Gobierno pinta por una parte una imagen idílica transmitiendo la insensible idea de que de esta salimos «más fuertes» y con una estabilidad política reforzada que asegura una plácida legislatura. Pero, por otra, ese mismo Ejecutivo describe una España tenebrosa, al borde del golpe de Estado, con dirigentes políticos, jueces, policías, guardias civiles, medios de comunicación y empresarios conspirando para derribar a un Gobierno que resiste heroicamente un asedio implacable.

No se sabe si representan un guion preestablecido o si se reparten los papeles. Pero mientras Pedro Sánchez le ha cogido tanto gusto a los fraternales sermones semanales que los ha trasladado del sábado al domingo, para apuntalar así definitivamente la metáfora de la misa, Pablo Iglesias comparece los lunes como un Django desencadenado disparando a todo lo que se mueve y elevando al máximo la tensión política. El mismo Iglesias que acusaba de «miserable» y de «utilizar la muerte para hacer política» a cualquiera que le recordara en el Congreso que como vicepresidente de Derechos Sociales es el máximo responsable de las residencias de ancianos en España, acusa ahora a la Comunidad de Madrid de haber cometido un «crimen» en residencias «en manos de corruptos» y advierte de que «la gente no va a perdonar lo que ha hecho Ayuso». Y, en lugar de parar la locura de que desde un Gobierno se ataque a la Guardia Civil y se diga que hay una «policía paralela» que actúa al margen de la ley, Iglesias respalda y repite la insidia del ministro de Consumo, Alberto Garzón, que deja caer la idea de que en la policía y la Guardia Civil pueda haber «elementos reaccionarios» que «asuman como propio el discurso que invita al golpe del Estado».

Para comprender la ira de Iglesias, su posición a la defensiva, su empeño en alimentar la crispación y su obsesión por dinamitar cualquier posibilidad de consenso con la oposición, aunque sea a costa de embestir contra todos los poderes e instituciones del Estado, conviene atender al negro panorama electoral que le aguarda. Encuestas como la publicada por La Voz de Galicia confirman el desmoronamiento de Unidas Podemos y sus confluencias. Galicia en Común se queda en unos escuálidos seis escaños frente a los 14 que obtuvo En Marea en el 2016. Y en el País Vasco, Podemos, según los sondeos, pasaría de once a siete diputados y perdería un tercio de sus votos. Iglesias empieza a comprobar que una cosa es predicar desde la oposición y otra dar trigo desde el Gobierno. Y, visto su fracaso como vicepresidente con chaqueta, chófer, despacho y chalé con piscina, vuelve a la trinchera, al rap de la ira y al discurso del odio, a ver así si los votantes pican de nuevo.

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