Atención: Trump no está noqueado

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Visto desde Europa ya resultó incomprensible que Trump lograra ser presidente. Salvo que se fuera votante del populismo ultraderechista, que lo considera un ídolo. Un multimillonario de aspecto ridículo, con un historial oscuro y continuas salidas de tono se presentaba como una especie de antisistema contra el establishment de Washington. Y, contra todo pronóstico, funcionó. Ahora, tras su nefasta gestión de la pandemia y de las protestas contra el racismo, aún parece más sorprendente que tenga alguna posibilidad de ser reelegido. Su lista de barbaridades van desde recomendar chutes de lejía para combatir el covid-19 hasta blasonar de tomar hidroxicloroquina, un medicamento no recomendado. De decir que la pandemia no afectaría a EE.UU. a ostentar el récord mundial de muertos con más de 105.000. Su actuación tras el estallido social ha seguido la misma línea, alentando la división del país, en lugar de buscar la unidad en un momento crítico. Se lo han afeado cuatro expresidentes, Carter, Clinton, Bush y Obama. En ambos casos su estrategia ha consistido en la vieja fórmula de buscar un chivo expiatorio. Ya sea China o los «terroristas», como llama a los antifascistas. Su principal bandera electoral eran los excelentes datos económicos, pero ahora el país sufre una brutal recesión. Es cierto que ha bajado su popularidad, pero no está noqueado. Va a jugar sus cartas: presentarse como garante de la ley y el orden frente al caos, el único líder capaz de salvar a América. Su electorado le sigue siendo fiel e incluso confía en captar apoyos entre sectores que ven bien la mano dura para restablecer el orden. En pura lógica, parecería que Trump está acabado. Pero los europeos no tenemos ni idea.

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