La gran duda es si al madrileño confinado que no ha podido abrir su bar, si al gallego desesperado que se ha quedado sin escalera, que ni la sube ni la baja, si al tipo de Murcia que solo tiene a mano de su familia el ingreso mínimo vital les sienta bien que el Congreso se convierta en O. K. Corral, a ver quién dispara palabras de mayor calibre. Cayetana e Iglesias tienen vocación de alboroto. Tal para cual, están incendiando un país que está en llamas. ¿Es que no les arden a ellos los pies? Pues los demás estamos quemados. Mientras Sánchez y su asesor Redondo están felices con estas reyertas parlamentarias entre la marquesa y el hijo del padre del presunto FRAP. El PSOE, con su Ferrari rojo, es el único que está en la playa a por la lubina electoral. Ellos lanzan su caña con su sedal de 150 metros o más, hasta dónde haga falta, bien cargada de plomada oficial, para que alcance al votante más lejano de la España vacía, con los esteroides de las teles y del CIS. Con su tira de choco sabrosa bien cebada para que la lubina salvaje pique y siga dándole el milagro de los peces y los votos a los socialistas. Cada vez que chocan en sus coches de choque Cayetana e Iglesias, hasta arriba de adrenalina de feria, en las bancadas del Congreso, Sánchez, más ancho que Castilla, tira la caña y a sacar más lubina. Y Redondo se pone hasta cuadrado de lo bien que le va a su señor. Ya no tienen ni que situar de primer bolo a Ábalos para que la despistadísima oposición lo intente tumbar. Está el malo perfecto en su Consejo de Ministros, Iglesias desaforado, sobrado con ese ocurrente: no se olvide de cerrar la puerta al salir. Y mientras el PP, con su Cayetana Juana de Arco incandescente, no sabe si quiere ser de mayor Vox o si es el caladero de centro lo que precisa para ver portería. Los españoles, alta a alta, son cada vez más de Fernando Simón. La voz quebrada, de crooner ronco, de este Simón nuestro (que no necesita ni a Garfunkel), es la voz de una mayoría. Y Sánchez lo sabe, y a sacar más lubinas de este mar revuelto. Es que se las ponen en la mesa. A veces le van los muchachos de ERC, o el PNV o Cs, en una lancha, a colocarle el anzuelo en la boca a las lubinas votantes, como se hacía con Franco en el Azor. Están dispuestos a servir por turnos, el silencio de los corderos, a un Sánchez que sabe que el poder desgasta al que no lo tiene. Ay, Carmela, como apruebe unos presupuestos. Noten que no he citado a Casado. ¿A quién?, me pregunta el peluquero.

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Cayetana e Iglesias, que se besen