Joaquín Sabina y sus amigos


Joaquín Sabina se prodiga poco. Hace un mes le concedió a Jordi Évole «la primera y, si Dios es bueno, la última entrevista en televisión». Lo hizo por videoconferencia, con el brazo en cabestrillo. «Y porque eres tú», le puntualizó al presentador catalán. Es difícil hablar del cantante de Úbeda en tercera persona sin caer en los tópicos que dibujan a su personaje público. El documental Pongamos que hablo de Sabina no esquiva esos clichés a la hora de retratar a alguien «que se ha bebido y fumado la vida». Son sus amigos quienes confirman lo que el mundo sabe: la «licenciatura en golferío», los excesos, esa depresión que se echó a la espalda sin ayuda hace años y ese pánico escénico que, antes de pisar las tablas, le hace estar convencido de que defraudará al público.

El golpe de efecto del primer capítulo del documental que acaba de estrenar la plataforma Atresplayer es haber sentado por primera vez ante las cámaras a Cristina Zubillaga, exnovia y protagonista de esa canción de venganza y despecho que es 19 días y 500 noches. La de la frente alta, la lengua larga y la falda corta cuenta cómo se conocieron en la noche madrileña y cómo estuvieron confinados en arresto domiciliario en casa del cantante, allí donde ella se levantaba en camisón un día cualquiera y se encontraba con medio Madrid entrando y saliendo por la puerta sin necesidad de llamar al timbre.

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