La marca del genio

Xosé Ameixeiras Lavandeira
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

26 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El domingo subí al campanario de mi pueblo. El silencio allí arriba es radical. Soplaba una brisa agradable. El aire sí que es profundo. Si está limpio no se le ven las costuras. El mar verde que se extendía a nuestros pies reflejaba el poderío enriquecedor de la naturaleza, indiferente a nuestras amarguras y alegrías. No se tocan campanas, vino a decirme el cura. Enmudecieron. Lástima, porque a donde alcanzaban sus tañidos llegaba la comunidad, ese sentimiento que era como un refugio cuando venían mal dadas. En estos tiempos, el único refugio parece la soledad. Las campanas eran como la voz de la gente. Tocaban a fiesta con alegría, a incendio o a desgracia, con estrépito, y a muerto, como un lamento profundo. Dos fuertes y una débil, cuando era varón, y al revés, cuando mujer. Transmiten emociones si se las escucha con atención. Siempre suenan a significado profundo. Es como el sonido amaestrado de los siglos. El latido de un pueblo, en suma. A nuestros muertos del coronavirus no les tocaron las campanas. Les han robado las lágrimas de bronce. Esas que quedan para siempre en el subconsciente de los deudos. El compás del adiós. El acercamiento sonoro al fin. Hay una leyenda en un cartel de Mauthausen que dice: «Sirva de lección a los vivos la suerte de los muertos». Muy a tener en cuenta en esta desescalada por la que hay quien quiere lanzarse en tobogán. La vida no deja de ser un cálculo de peligros, pero los riesgos deben valer la pena. Claro que lo inalcanzable siempre es atractivo, como escribiría en sus paredes la artista conceptual americana Jenny Holzer, para quien «el don de la oportunidad es la marca del genio». El caso es acertar porque el bicho nos pone a todos a prueba.