Rodeados de adivinos


Me inquietan esos adivinos de nuestro futuro que tanto abundan ahora y que nos auguran un cambio radical en España, tras el paso de la pandemia y la llegada de «la nueva normalidad».

Nunca nos explican con claridad la condición y naturaleza de ese cambio mayúsculo, pero nos hacen temer su identidad nebulosa, promisoria e incierta.

¿Quieren decir que todo va a ser mucho más problemático? No. En realidad, quieren decirnos casi lo contrario, alumbrando un futuro de ciudadanos beneficiados o igualados por una crisis que habremos dejado atrás. Pero, ¿de veras puede ser así? Ni se sabe. Se da por seguro el cambio, pero no su naturaleza, que todavía es un misterio.

Ironizaba el pensador y escritor Paulo Coelho con que «cuando un político dice que acabará con la pobreza, se refiere a la suya». Y uno empieza a sospechar que podemos estar en el pórtico de la gloria de algo así. Por eso quizá conviene recordar una frase célebre y muy repetida de Mahatma Gandhi: «Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer». Lo malo es que todavía estamos en ese confuso prólogo en el que lo justo y lo injusto bailan una extraña danza que lo emborrona todo y nos atiborra de incertidumbre.

Pero creo que tenía razón el buen poeta uruguayo Mario Benedetti cuando lo simplificó todo con la afirmación de que «no podemos saber qué nos traerá el futuro; en cambio sí sabemos qué nos trajo el pasado». Y por ahí, por el pasado (por el nuestro y por el ajeno), debiéramos de empezar a hacer cábalas, porque ya rara vez pasan cosas originales en el mundo. De hecho, todo lo que ahora está ocurriendo es una mezcla de virus y de ideologías.

Lean los periódicos, escuchen a nuestros políticos y observen cómo dialogan sobre una «nueva normalidad» que lo va a normalizar todo, pero sobre la que, en realidad, aún no conocen más que sus propios anhelos (sociopolíticos, claro).

Hay algunos que hablan de un «mundo nuevo» más justo y equilibrado, pero no sabemos si hablan de algo más que de sus propios intereses, a corto, a medio y a largo plazo. La realidad, sin embargo, es que a los ciudadanos nos han convertido en meros espectadores. Y aquí estamos todos. Expectantes. Pendientes de por dónde comparecerá nuestro futuro inmediato. Y de qué clase será.

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