Mentes, instituciones y tecnología

OPINIÓN

13 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Al hilo de una de las afirmaciones de Juan Luis Arsuaga, en su entrevista en el suplemento Yes de La Voz de Galicia, se me vino a la cabeza que deberíamos prestar más atención a aquellos que han estudiado en profundidad al ser humano y su evolución, para tratar de entender lo que nos puede esperar a la salida de la crisis sanitaria que vivimos, y sobre todo a la vista de la crisis económica que se avecina. El profesor Arsuaga decía que «el ser humano… es muy buena gente, aunque tiene un pequeñito problema, es muy pacífico, pero es débil frente a la manipulación… Por eso tipos sin escrúpulos pueden llegar a convencer a una población». En este momento vivimos el auge de las posverdades, del relato como alternativa válida a la realidad, favorecido sobre todo por los grandes sistemas de comunicación masiva. Esta plétora de noticias, bulos, medias verdades y medias mentiras, que se dirigen directamente al corazón para escapar de la razón, alimentan la máxima de los servicios de contraespionaje desde la Segunda Guerra Mundial, que reza que la mejor desinformación es la sobreinformación. Por eso es más importante que nunca mantener una capacidad crítica alejada del fanatismo. Otro ilustre estudioso de los comportamientos (tanto animales como humanos) es Edward O. Wilson, entomólogo norteamericano de la Universidad de Harvard. Él fue quien acuñó el término «sociobiología» en los años 70, y defendió que se deben poner a caballo esas dos parcelas del conocimiento, evitando la diferenciación clásica entre ciencias y humanidades, como vía para lograr una comprensión más global de la organización social de las especies y de hechos tan difícilmente explicables como -por ejemplo- el altruismo. Pues bien, en unas de sus frases más conocidas, él explica que «el principal problema de la humanidad hoy en día es que tenemos mentes paleolíticas, instituciones medievales, y tecnología de los dioses».

Al tener en la palma de la mano la capacidad de hablar y ver a personas muy distantes, ya sea individualmente o en grupo, acceder al conocimiento y resolver problemas a distancia, e incluso permitir la difusión masiva e inmediata de noticias reales o falsas, hay pocas dudas de que la tecnología de los dioses es una realidad. Desde luego, y a la vista de las enormes dificultades que estamos teniendo para dar una respuesta coordinada y global a la pandemia que nos azota, parece haber pocas dudas de que las instituciones y quienes las lideran han dejado mucho que desear. Si consideramos a los partidos políticos como empresas (¿acaso no lo son?), estaríamos viviendo la transición a su tercera generación, igual que en las empresas familiares. Esa que lleva a la quiebra al 80 % de las empresas familiares. E incluso en los de más reciente aparición, sus ejecutivos han sido compañeros de clase y de máster (no va con segundas) de los herederos de los más clásicos. Parecen competidores nuevos, pero tienen los mismos vicios. Como dice Noah Yuval Harari, «en los últimos años los políticos irresponsables han socavado de forma deliberada la confianza en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. Ahora esos mismos políticos irresponsables podrían verse tentados de tomar la senda del autoritarismo, argumentando que no cabe confiar en que la población haga lo correcto».

Sólo nos queda confiar en que seamos capaces -apoyándonos en la historia y el realismo, y abrazados a ese altruismo tan difícil de explicar por pura biología- de superar nuestra tendencia casi suicida a escuchar sólo a las emociones y logremos una respuesta lógica que nos haga mejores a nosotros y nos permita, de paso, despejar la otra gran amenaza que nos espera a la vuelta de la esquina, la del cambio climático y la degradación de la naturaleza.