Qué hemos aprendido y qué nos queda por saber


Con las muchas semanas que llevamos en confinamiento hemos tenido tiempo para hacer muchas cosas; entre ellas, para aprender sobre temas que nunca nos habían preocupado en demasía. ¿Virus? Pero, ¿esas cosas existen realmente?, nos preguntaban, con cierta sorna -espero-, cuando descubrían en qué consiste nuestro trabajo. Incluso han ido brotando en las redes sociales más expertos de los que conocíamos antes. Ahora todos somos conscientes de que esas cosas existen realmente y pueden representar un riesgo serio. Ya habíamos tenido varios avisos: SARS, MERS, ébola y zica, por citar algunos; fueron muy sonoros, pero todos nos quedaron muy lejos. Ahora nos toca de cerca y hemos tenido tiempo para informarnos; hasta hemos podido seleccionar la información que mostraba un mayor rigor. Esto nos ha permitido entender por qué estamos en situación de cuarentena.

¿O no?

El covid-19 es una enfermedad respiratoria, provocada por el coronavirus SARS-CoV2, que se transmite por vía aérea, directamente mediante las microgotas que expulsamos al hablar, toser y estornudar, e indirectamente a través de los objetos que, con sus microgotas cargadas de virus, contaminan las personas infectadas de covid-19. Sí, disculpen ustedes, sé que esto ya lo saben. Pero, siendo así, ¿por qué vemos en la calle a ciudadanos hablando entre sí, sin mascarilla y a una distancia inferior a la recomendada? Recuerden: 1,5 a 2 metros es la distancia de al menos dos brazos extendidos, no de uno solo e incluso menos, como he observado ocasionalmente.

Ahora que nos han «levantado el castigo» -aunque solo sea un poquito- vemos las calles llenas a partir de una cierta hora: más ciclistas que champiñones en el campo; grupos familiares con un número de componentes que darían para el NoDo; paseantes sin mascarilla -¡pero con guantes, eso sí!-; mascarillas que no cubren la nariz -es que respiro mejor-, o que se bajan del todo cuando toca hablar con un conocido. Podría continuar -soy muy observador-, pero me entristece; hoy mismo he hablado (por Skipe) con un colega que me trata de convencer de que estoy exagerando. Puede que tenga razón; o puede que mucha gente no haya tenido la oportunidad de conocer la realidad más cruda, aquella que se ha desvelado en las áreas más afectadas por la epidemia. Yo tampoco, he de confesar; pero el ser virólogo y epidemiólogo me da una cierta perspectiva.

Ahora estamos frotándonos las manos, pensando en cuándo podremos ir a la playa para hacer algo más que pasear. Pero somos conscientes de que, si en este momento estamos llenando las calles, cuando nos den la venia seremos muchos los que plantaremos nuestros reales en la arena. Y nos surge el deseo de conocimiento: ¿y si algún playero es portador? ¿Y si se contamina la arena y la tocan las manitas de mi niño? ¿Y si se contamina el agua; nos infectaremos los bañistas?

Debo decir que, antes de escribir este párrafo, decidí comprobar en las bases bibliográficas internacionales que lo que iba a decir era cierto, por muy extravagante que me pudiera parecer. Y no; no existen trabajos científicos que demuestren que virus de este tipo se pueden transmitir a los bañistas en la playa. Sí es cierto, como ya ha salido en varios medios, que hay estudios científicos que demuestran que estos virus pueden permanecer activos en agua corriente casi dos semanas, y en agua de mar unos pocos días, en ambos casos a 15-20 grados centígrados -menos tiempo a 30 grados, pero ya nos gustaría tener esas temperaturas en Galicia-. Pero, también hay estudios que demuestran que la transmisión en el mar es de baja efectividad debido su alto efecto de dilución, que reduce la concentración de virus por debajo de un nivel de riesgo. A pesar de ello, hay asociaciones de surfistas que aconsejan a sus socios abstenerse del disfrute de su deporte preferido mientras no se de por cerrado el episodio pandémico. En fin, ¿qué decir al respecto? Más vale pecar por exceso que por defecto.

Y hablando de exceso de celo, me salgo del agua y vuelvo a la arena de la playa. Por todos los dioses del Olimpo, no desinfecten la arena de la playa; no es necesario que lleven su botellita de lejía para tratar el metro cuadrado que les corresponde. Creo recordar que a algún representante público se le ocurrió -con muy buena intención, no lo dudo- aplicar el proceso a lo grande. Pues no, no es necesario: el virus tiene una muy baja capacidad de supervivencia en particulado arenoso seco, que reduce a tan solo 7 horas a 25 grados centígrados, y 3 horas a 38 grados. Desafortunadamente, el estudio -que me leí al completo, con mucho interés- no probó la temperatura que puede alcanzar la arena de la playa a pleno sol; no creo que haya virus que lo resista ni media hora.

¿Quiere esto decir que podremos ir a la playa? Por supuesto que sí; siempre que las autoridades sanitarias -y otras de rango superior- nos lo permitan. Yo soy más de campo que de playa; de modo que no me busquen entre los bañistas para preguntarme qué se puede hacer y qué no. Simplemente, recuerden: en caso de que la pandemia no haya sido oficialmente declarada como finalizada, eviten las aglomeraciones como si del diablo se tratara, y mantengan la distancia de seguridad que tanto nos están repitiendo continuamente. Disfruten de las pequeñas alegrías que nos vayan permitiendo, pero con seguridad y responsabilidad.

Por Carlos Pereira Dopazo Profesor de Virología y Epidemiología en la Facultad de Biología de la USC

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