Elogio de nuestras universidades


Como estudiante y profesor, pertenecí a cinco universidades -Comillas, Complutense, Vigo, Menéndez Pelayo y Santiago-, y a todas ellas les mantengo un profundo cariño, que, tras la puerta de la jubilación, funciona como un manantial de deliciosos recuerdos. A pesar de todo, inicié mi etapa actual sin ningún tipo de nostalgia, convencido de que la llegada de nuevas generaciones de profesores es un paso muy justo y necesario para que esta milenaria institución académica siga teniendo la misma vitalidad que siempre la mantuvo en la vanguardia de la modernidad y los cambios.

Con lo que no contaba era con ver mi Universidad de Santiago cerrando las aulas a principios de marzo, convertida en un centro de formación a distancia, y privada de su riqueza más valorada por mí, que es la convivencia de profesores y alumnos, compartiendo vida y perspectivas, en la más fecunda de las mezcolanzas. Por eso intuyo el estupor y la frustración de los alumnos y profesores, que ven como queda a medio hacer el cuadro humano que estaban pintando. Sé, por mis compañeros, el enorme esfuerzo que se está haciendo para compensar la incidencia de la pandemia, y siento que no haya ni regla ni forma para poder ayudarles, como voluntario, a cumplir su labor con las generaciones futuras.

Hay que decir, no obstante, que los alumnos de hoy -al contrario de lo que sucedía en otros tiempos- pueden compensar buena parte de las oportunidades perdidas por el cierre de las aulas, y que en ningún caso van a ver interrumpido o modificado su currículo académico. Y por eso creo que, más allá de los fallos y titubeos que puedan ocurrir, sería bueno que todos -profesores y alumnos, autoridades académicas y personal de administración- se uniesen en el esfuerzo por aprovechar el curso, sin ceder a la tentación de utilizar este difícil momento para ajustar cuentas o promover utópicas revoluciones.

De manera concreta, considero un grave error las quedadas que se produjeron en las tres universidades gallegas para colapsar los sistemas informáticos y demostrar que no son posibles los procesos de evaluación. Y no solo por lo que este ensayo tiene de absurdo -mientras se están adaptando los recursos y métodos existentes-, sino porque los propios alumnos no sepan recordar los esfuerzos que siempre se han hecho por escalar exámenes y adaptar horarios, para que las múltiples opciones curriculares que ahora brinda la universidad no obrasen en detrimento del alumnado. Por eso pienso que bastaría con recordar esos denuedos, repetidos en todas y cada una de las convocatorias, para entender que el sistema no se colapsa si no se provoca su bloqueo, y que, si se reconociese el esfuerzo de los profesores y las autoridades académicas y de Educación, no sería necesario desprestigiar en vano nuestras queridas universidades, ni añadir tropiezos manipulados a los enormes problemas que ya estamos afrontando. Así lo espera toda Galicia, creo yo, de la parte más privilegiada de esta sociedad de la información y la ciencia.

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