De la fase cero a la nueva normalidad, siete semanas más de penitencia


Adoptamos neologismos por encima de nuestras posibilidades. Una de las grandes víctimas colaterales de ese gran desastre es nuestro lenguaje. Ya no es que cada vez hablemos y escribamos peor. Lo más grave es la capacidad que tenemos para introducir en nuestras conversaciones palabros que hasta hace dos meses jamás habíamos usado, en muchos casos términos técnicos que creemos dominar, aunque honestamente no tengamos ni idea de lo que significan. Sabíamos que todos llevábamos un seleccionador de fútbol dentro pero ahora hemos descubierto que también llevamos un Fernando Simón.

La culpa no es de Simón. El problema es que en el menú diario de sillón-ball nos incluyen dos horas de catequesis con los expertos, que los pobres hablan como tienen que hablar y se explican lo mejor que pueden. Tampoco ayuda Sánchez. Del presidente del Gobierno no esperamos que copie la fórmula de la reina de Inglaterra, que en casi setenta años en el trono ha salido en televisión cuatro veces. Pero sí que cuando se nos aparece en pantalla, ya sea para anunciar algo importante o simplemente para animarnos, al menos aclare alguna duda. Como diría José María García, ya que no limpia, al menos que no manche.

El Sánchez de ayer estaba muy nervioso, lo ha estado desde el inicio de la crisis. No debe de ser plato de buen gusto ponerse frente a una cámara de televisión para dar las noticias que él está dando cada semana. De modo que ese nerviosismo se plasmó en una ensalada ininteligible de fases, semanas y plazos, que lejos de aclarar algo solo sirvieron para confundir un poco más, si es que aún es posible.

La intervención de ayer incluye algunos neologismos para el diccionario del covid. El primero es más un eufemismo, que no creo que llegue a prosperar. El lunes próximo empezamos la «fase cero». Todos salvo los afortunados a los que este galimatías les haya pillado en Formentera, La Gomera, El Hierro o La Graciosa. Nadie le preguntó al presidente en qué fase estamos ahora. ¿Qué hay antes de esta fase cero? ¿En qué dimensión espacio temporal vivimos estos días de confinamiento?

Otro neologismo que sí empieza a hacer fortuna es la «nueva normalidad». Es una mala traducción del inglés. El new normal fue el modo con el que algunos economistas comenzaron a referirse al mundo que heredamos de la dolorosa crisis del 2010. Pero luego derivó en un concepto aún más duro de asimilar. Ese nuevo normal es la forma de vivir para siempre protegidos ante la amenaza oculta del terrorismo yihadista. Y aquí está, ahora sí, ese nuevo normal, ya instalado para siempre en nuestra normalidad léxica, cuando parecía que el terrorismo yihadista empezaba a remitir.

Pero sin duda el neologismo de estreno es el de la «unidad territorial». Ya no somos una nación, ni siquiera una ración (de pulpo), como reivindicaba hace años una popular camiseta de Rei Zentolo. A estas alturas de la película hemos descubierto que somos una unidad territorial. Y lo peor es que no sabemos quién pertenece a ese conjunto vacío. Necesitamos saber urgentemente quién forma parte de nuestra unidad territorial. Y así podremos identificar fácilmente al enemigo. Porque, esto sí se lo hemos entendido clarísimo a Pedro, según nos portemos en cada unidad territorial, así nos levantarán o no la mano. Y por tanto, empezará a tener sentido increpar al vecino que se hace el remolón al tirar la basura o que baja a los niños al parque de uno en uno. Porque su suerte será la nuestra. Si algo ha quedado claro es que de la fase cero a la nueva normalidad restan como mínimo siete semanas más de penitencia. Adoptamos neologismos por encima de nuestras posibilidades.

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