Trump frente a la OMS: hace mal, pero tiene razón


Estados Unidos ha retirado su contribución económica a la Organización Mundial (OMS) de la Salud, en protesta por lo que Washington entiende que es su excesiva dependencia respecto a China. Se trata de una decisión precipitada y desafortunada, pero no absurda. Es verdad que la OMS le ha fallado a la comunidad internacional. Esto se debe en parte a las limitaciones de sus propios estatutos, que no le dan poder para gestionar directamente las crisis sanitarias. Pero también porque, como dice Washington, es demasiado dependiente de China; o al menos lo es su director, Tedros Adhanom.

La elección de Adhanom para presidir la OMS en el 2017 tuvo cierta lógica. La epidemia de ébola (2014-16) había dejado a la vista serias carencias en la organización y poner a un africano al frente parecía entonces una buena idea. Pero China, que había controlado hasta entonces la OMS a través de la hongkonesa Margaret Chan, supo pilotar esta transición para colocar a su candidato: el eritreo-etíope Tedros Adhanom. Hay un lado oscuro en el personaje: en su juventud participó en la dictadura genocida de Mengistu Haile Mariam en Etiopía, y su actuación más tarde en las epidemias de cólera como ministro de Salud suscita dudas. Pero también es cierto que Adhanom es un gestor hábil y un experto mundial en malaria, el mayor desafío sanitario de África. Así que, con la ayuda de Pekín y el voto del bloque africano, Adhanom logró el puesto.

Lo que nadie imaginaba era que la siguiente crisis sanitaria importante no se iba a producir en África ni tendría como protagonista al ébola, sino que surgiría, precisamente, en China. Ahí se han visto claramente las servidumbres de Adhanom con respeto a sus padrinos en Pekín; o puede que ni siquiera se trate de servidumbres, sino que Adhanom se siente sinceramente próximo al Partido Comunista Chino debido a sus propias convicciones ideológicas. El caso es que, desde el comienzo de la crisis, la OMS ha venido aceptando sin rechistar cada afirmación emanada de Pekín respecto a la epidemia. Todavía a mediados de enero, la OMS repetía la línea oficial china de que «no hay pruebas de contagio entre humanos», cuando hacía mes y medio que se sabía que sí las había. Durante demasiado tiempo, Adhanom seguía rechazando que se tomasen medidas drásticas, como el cierre de fronteras, para no «estigmatizar» a China. No se le ha escuchado ni la menor crítica o reproche hacia Pekín, mientras que se embarcó, en cambio, en una campaña contra Taiwán cuando este país advirtió, correctamente, que el virus no estaba bajo control. La OMS, en fin, sigue sin pedir explicaciones o interesarse por la suerte de los médicos detenidos en China por denunciar la falta de transparencia de las autoridades.

De modo que, si bien la presión de Estados Unidos es inoportuna, esto es solo porque no es el momento de debilitar a la OMS. Cuando termine esta crisis está claro que habrá que pedir responsabilidades y hacer cambios, si es que este organismo aspira a sobrevivir, él también, a la pandemia.

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