Economía: manos a la obra


La incertidumbre se ha adueñado de nuestras vidas. Todos los planes, todas las expectativas, todos los sueños se encuentran en el aire. Y aunque la vida en sí es un difícil y excitante viaje hacia lo desconocido, lo cierto es que el coronavirus ha supuesto un choque de tal magnitud que cuesta reaccionar ante él. Al principio se adueñó de nosotros el desconcierto de cómo afrontar un enemigo tan letal como invisible. Pese a la experiencia de China e Italia, el miedo ante las consecuencias económicas de un confinamiento casi total, así como los intereses políticos, retrasaron nuestro encierro dos semanas. Dos semanas que resultaron ser claves: improvisación, falta de medios, contagios masivos en la ratonera de Madrid, miles de fallecidos, un desastre.

Y ahora, cuando encaramos nuestra cuarta semana y sabemos que se prolongará por lo menos un mes o mes y medio más, es el momento de ponernos manos a la obra para afrontar qué hacer después.

Esta terrible pandemia ha evidenciado que nuestra economía, la mundial y no solo la española, depende de sectores castigados durante décadas. El virus ha puesto de manifiesto que nuestro sistema sanitario, que ha sufrido unos recortes brutales, y que los profesionales que han vivido y trabajado con unas condiciones propias del tercer mundo han sabido estar a la altura cuando más se les necesitaba. Pero no podemos seguir así. Hay que destinar más recursos a la sanidad y a la investigación, porque no es un gasto sino una inversión en vidas. El confinamiento también ha demostrado que nuestra necesidad más básica es la alimentación. Qué ironía que los agricultores y ganaderos lleven años reclamando precios justos para la producción y que se frenen los abusos de la distribución. Más ironía aún que, dado el paro provocado por la crisis, se precisen más de 150.000 personas para recoger las cosechas. Por otra parte, la deslocalización de la producción industrial, fundamentalmente a China, ha revelado nuestra absoluta dependencia del exterior. Los bajos costes de producción han resultado letales ante la carencia de mascarillas, EPI y respiradores. Las empresas deben repensar la rentabilidad de importar en un mundo que no va a ser igual. Las prisas, el consumismo feroz tienen que dar paso a la reflexión, la calidad de los productos y la durabilidad, frente a la obsolescencia programada.

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