Los que este año cumplimos 30, somos la generación que hemos escuchado durante toda nuestra vida eso de que «vosotros los jóvenes no sabéis lo que era antes». Nacimos en una España en democracia con una cierta estabilidad, solo conocimos el terror de manos de ETA pero también vivimos su fin. Vivimos en 11S y el 11M, no sabemos qué es vivir una guerra, pero hemos visto el sufrimiento que provoca el terrorismo a través de una pantalla de televisión. Somos la generación a la que se le prometió un futuro al que no tuvieron acceso nuestros padres. Nos prometieron que con estudio y dedicación conseguiríamos los empleos, la realización personal y profesional y los buenos sueldos. Se nos vendieron tantas cosas, que casi serían.

Llegó el 2008 junto con la mayoría de edad, y nos empezó a dar señales de que las cosas no iban a ser como nos habían contado. Empezamos a dar lo que serían nuestros primeros pasos en la edad adulta, gran parte de nosotros nos fuimos a vivir a otra provincia o comunidad a estudiar la carrera universitaria que habíamos elegido y que nos daría ese gran futuro que nos correspondía. Conforme avanzaban los años de carrera, las becas cada vez eran menos y de menor cuantía, empezamos a notar que pagar la matrícula de un año universitario cada vez era un esfuerzo mayor para nuestros padres. Los que teníamos hermanos menores notamos que pagar una segunda carrera universitaria para nuestros padres sería realmente complicado. Empezamos a sentir que le robábamos la oportunidad de un futuro brillante a nuestros hermanos y la culpa rondaba nuestras mentes. Suspender una asignatura supondría pagar unos recargos cada vez más inasumibles, además el maravilloso plan Bolonia no nos daba tregua, nos perseguía. La carrera por terminar nuestro plan de estudios sin pasarnos al grado fue complicada.

Terminamos la carrera y ahora qué, nos vimos forzados a hacer un máster para competir con los del grado en las mismas condiciones, con lo que ello supuso para los nuestros. Una vez teníamos la carrera, el máster y los mil idiomas acreditados con un nivel mínimo de b1, tocaba decir si continuar haciendo el doctorado, acceder al mundo laboral…. Aquí la decisión fue un conjunto de lo que queríamos, lo que podíamos y el dinero que teníamos para poder hacerlo. Nos enfrentamos a un mercado laboral que ofrecía las mínimas oportunidades, la oferta y calidad del empleo eran escasas. Teníamos sobre 24 años y necesitábamos trabajar, nos empezaron a llamar ninis, a decirnos que esto era culpa de nuestros padres, los que habían vivido por encima de sus posibilidades, etc…

A partir de aquí nos esperaban años en los que hablas con tus compañeros de generación y, los que no seguían buscando trabajo tenían un trabajo temporal que nada tenía que ver con lo suyo, o tenían un trabajo mal pagado en el que dos años después continuaban siendo becarios. Mejor o peor fuimos accediendo al mercado laboral, nos adaptamos a la situación y dejamos de pensar en alcanzar ese futuro prometedor que nos correspondía.

Llegó el 2020, el año en que cumplimos 30 años y pensamos: «bueno, ahora que estás aquí; disfruta, progresa, pero sin falsas ilusiones y para delante». Pero como siempre nada es lo que se suponía que íbamos a vivir, llegó el COVID-19, el estado de alarma, la destrucción de empleo y la preocupación de nuestros padres por cómo salir de esta ante otra crisis. Estamos preocupados por la salud de nuestros abuelos y nuestros padres, por el futuro económico de nuestros padres, por nosotros mismos. Somos la generación que casi ha tenido un empleo y sueldo digno, que casi ha podido conciliar vida familiar y laboral, que casi ha tenido la oportunidad de su vida, que casi ha vivido la vida que le tocaba. Somos la generación que con esta crisis no verá mejorar su sueldo, si no es que lo despiden antes, que no verá la feliz jubilación de sus padres.

Pero sí somos la generación que puede ayudar a salir de esta, ante lo que nos espera después del COVID-19. Y como hasta ahora, lo único que pedimos es la oportunidad de poder hacerlo. No nos nieguen una vez más la oportunidad. No hemos luchado una guerra, pero tenemos conocimientos y ganas para luchar por el futuro de los que vengan detrás y que su vida no sea un casi como lo ha sido la nuestra. Estamos aquí.

Firmado: Los del 1990.

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Tenemos 30 años y somos la generación del «casi»