Querido Xosé Luis,

La noticia de tu muerte, que me ha dado por teléfono tu hija Navia, me duele en el alma y me dolerá hasta que me llegue a mí también la hora decisiva. No sabía nada de tu enfermedad. Y qué extraño, llevaba varios días contemplando con peculiar intensidad la foto, sacada en Vigo en 1976, donde apareces a mi lado, risueño, papeles en la mano, con Carlos Casares, José Landeira Yrago y César Torres Martínez. ¿Intuición? Lo sospecho. Ahora soy el único superviviente del grupo. Gracias a ti, lorquista enfervorizado como yo y como Landeira -juntos hicisteis el gran trabajo necesario sobre las estancias del poeta en Galicia-,  mi anhelado encuentro con Torres se hizo realidad y pude añadir a mi libro sobre el asesinato del genio el impagable testimonio de quien, en los momentos aciagos de 1936, fue gobernador civil republicano de Granada. ¡Qué simpático era Torres Martínez! ¡Qué gran señor!  ¡Qué ocurrente!  ¡Y qué memoria la suya!   

Tengo delante tus obras dedicadas, tus cartas. Todas irán a mi archivo en Fuente Vaqueros. La última vez que nos vimos, en abril de 2017,  me regalaste un ejemplar de tu Libro das abandonadas, tan hermosamente editado,  donde en versos sencillos, que hoy he estado releyendo emocionado, se expresa la  hondura de tu empatía con quienes padecen el desamor, la orfandad y la soledad, así como una profunda compenetración con tus paisajes y mares nativos.  

Mucho, mucho hablamos tú y yo, a lo largo de décadas, de Galicia y de Irlanda y de nuestra compartida convicción de que los celtas que llegaron hasta aquella isla tan lejana procedían de la Península Ibérica, lo cual explicaría la acuciante nostalgia de Sur padecida por sus descendientes. Bromeabas llamándome el Arzobispo de Dublín y soñamos con un viaje a mi ciudad que nos permitiera, entre otros gozos, saborear unas pintas de Guinness en algún pub acogedor a orillas del Liffey, debido a Joyce el río literario más entrañable del mundo. Pero no pudo ser.  

Logramos recorrer juntos, eso sí, rincones clave de Lorca en Granada, nos reunimos en Lisboa con el magnífico Ernesto Guerra da Cal, sin cuya colaboración no tendríamos los Seis poemas galegos, contemplamos la tumba de Valle-Inclán en Boisaca y hasta probé en tu compañía, por vez primera, en no recuerdo qué terraza del interior vigués, esta criatura tan rara y extravagante  que es la lamprea (desconocida en Irlanda). ¡Cuántas cosas, cuántos buenos ratos! 

Te ha tocado despedirte en medio de una terrible plaga que está asolando el mundo. Nada va a ser ya nunca lo mismo. Tus lectores de La Voz de Galicia, que empezaban cada lunes con el disfrute de tu columna semanal, se van a sentir huérfanos a partir de ahora. Entre los muchos privilegios que me ha deparado la vida, considero uno de los mayores el de haber sido amigo tuyo. Te lo agradezco de corazón y a tu familia y tus admiradores les envío mi más sentido pésame.

Por Ian Gibson Hispanista

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