El cáncer sigue ahí


El diagnóstico de cáncer es una de las peores noticias que una persona, o una familia, puede esperar recibir nunca. No queremos ni siquiera imaginarnos en esa situación y si nos atrevemos a hacerlo, nos imaginamos que todo se habrá acabado. Si algo enseña trabajar con pacientes con cáncer es que el diagnóstico puede ser el fin de un mundo, pero también el comienzo de otros en los que la propia familia puede cobrar el valor que el exceso de compromisos laborales esconde y en los que la propia biografía, con sus éxitos y fracasos, cobra nuevos significados.

El cáncer siempre va a acarrear sufrimiento. Uno de los factores que más perturba es la espera: los plazos entre pruebas y tratamientos, que se acortan o se alargan en base a los resultados.

Aproximadamente la mitad de las personas, con la ayuda de su familia, amigos y los recursos sociales de su entorno, encuentra una forma digna, y conforme a sus valores, de transitar en el nuevo mundo tras el diagnóstico. El resto pueden beneficiarse de un apoyo puntual por parte de un profesional que sirva de catalizador para poner en marcha estos recursos. Uno de cada cinco va a necesitar una ayuda de mayor intensidad para volver a encontrar maneras de vivir a pesar de la enfermedad.

Lamentablemente la pandemia de COVID-19 va a suponer un obstáculo añadido para las personas con cáncer porque, aunque podemos confiar en que el sistema público va a aportar todos los medios posibles, las circunstancias en estos días suponen más incertidumbre. Podría ser presuntuoso pretender ponerse, desde fuera, en el lugar de quienes viven un cáncer en primera persona, o muy de cerca. Sin embargo, ahora es fácil entender el malestar emocional que generan las esperas. Unas crisis remiten a otras. Todos recordamos aquellos test de estrés a la banca que llenaron titulares hace ya más de diez años. Eran simulaciones. El test de estrés al que se enfrenta ahora nuestra sociedad es crudo y real. Superarlo depende de nuestra capacidad para ver más allá de perspectivas particulares y, en la incertidumbre, actuar mejor que peor, protegiendo a los más vulnerables. No solo a nuestros mayores y a los enfermos de COVID-19. También a las personas con otras enfermedades crónicas o agudas. Que reciban una atención digna y preserven su calidad de vida, depende, en gran medida, de nuestros actos colectivos.

Por Carlos José Losada López Psicólogo clínico. Sección de Psicoloxía e Saúde do Colexio de Psicoloxía de Galicia

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