Más poesía, dice mi amigo


Con mi amigo me separan muchas cosas, pero me unen mil más. Él es muy de izquierdas, tanto que hasta la cohorte teórica marxista le queda a la diestra, y yo ya saben. Él no es católico, su único Dios es Maradona, y yo creo y rezo (por él también). Mi amigo estos días anda muy deprimido con la política, porque no es ciego y aunque en ocasiones quiera serlo, abre los ojos y ve. Ve, por ejemplo, que a los suyos la cosa de la crisis les vino más grande que Gulliver a los de Lilliput, que según el maestro Jonathan Swift no medían más de seis pulgadas. Y ve que la angustia se ha apoderado del mundo. Por eso se empeña cada mañana en darme los buenos días, con muchos soles, y corazones, y musculosos brazos que invitan a salir a la calle y tomar juntos un par de cervezas. Habrá que esperar, amigo mío. Porque la esperanza no la debemos dejar de lado en estos días. La esperanza, esa señora a la que nos aferramos cuando ya no tenemos nada que apretar. Yo, ya ves, a mis chicas. Las tres me soportan con indulgencia aunque me recuerden, y no es para menos, que mis actitudes no empujan precisamente al optimismo. Yo siempre digo que mis males se originan en la lectura a destiempo: leer a los existencialistas en la adolescencia, despacharme a Proust y Dostoyevski, y rematar redactando en la madurez la biografía de Borges que, como ejemplo de alegría, no era el más adecuado. Otro de los problemas, los míos, está en las preguntas. Preguntarse demasiadas cosas conduce siempre a la infelicidad. Para ser feliz, lo he dicho muchas veces, uno tiene que no preguntar ni preguntarse demasiado.

A mi amigo le escribo estas letras porque está en medio de un hospital, como otros de mis amigos. Quería decirle lo valientes que son, pero ya se lo he dicho muchas veces. Ellos son útiles. Yo nunca he servido para nada. Solo escribir y hablar. Un parlanchín de feria. Aún así, quizá tenga algún valor la poesía. Yo intento escribirla los jueves, a veces para reír y otras para pellizcar adentro. En todo caso, la poesía es lo que quedará cuando no quede nada. Es el rastro de nosotros. La huella del interior, donde habitan las cosas que en realidad importan. Las que unen y jamás separan. Los achuchones que ahora no podemos darnos. La ilusión de un gol al adversario, de penalti injusto y en el último minuto. Los sueños que nunca alcanzaremos. Y los sueños que nos queden por soñar. A ellos me abrazo, amigo mío. Quizá porque no puedo abrazarme a ti.

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