Bérgamo, zona cero


Escribo desde el corazón español de la zona cero del coronavirus, y desde este Madrid doliente y clausurado le envío este largo abrazo de papel a Bérgamo, la ciudad italiana, la ciudad europea diezmada por el virus asesino.

Ha sido la postal trágica de esta semana, cuando los noticiarios de todo el mundo reprodujeron el convoy de camiones militares trasladando decenas de ataúdes a ciudades cercanas como Módena, Parma o Piacenza, para ser enterrados porque no había capacidad en Bérgamo para su inhumación o cremación.

La pequeña ciudad lombarda, de ciento veinte mil habitantes y situada a cuarenta kilómetros de Milán, se ha convertido en el símbolo de esta pandemia. No puede enterrar a sus muertos pese a que en su crematorio se incineran veinticinco cada día, no puede despedirlos, no puede llorarlos ni acompañarlos en su último viaje. Bérgamo es el epicentro del dolor, pero no podrá con el orgullo y coraje de los bergamascos, como no pudo el rey de los hunos, Atila, que asoló la vieja ciudad romana en el siglo V.

La ciudad lombarda acogió a Garibaldi en su campaña liberadora y fue acompañado por un par de cientos de bravos bergamascos en su expedición de los mille.

Y en el aire, Bérgamo, como Madrid, han enviado un mensaje al coronavirus, un «no pasarán» firme y visible.

Ciudad amable, gótica, renacentista y barroca, partida en dos mitades que la unen y no la separan: la parte baja, moderna y residencial, y la ciudad alta, amurallada y medieval, donde se ubica la joya urbana del casco viejo y cada noche, a las diez en punto, repican cien veces las campanas de la Torre Cívica, anunciando al viajero que se cierran las puertas de la vieja muralla. Hoy las campanas doblan por los cientos de muertos provocados por el virus que convirtió en tragedia la apacible vida de la ciudad lombarda.

Es Bérgamo, desde hace algo más de un par de años, patrimonio mundial de la Unesco por su ciudadela bien murada, amurallada, y presume legítimamente de haber tenido un vecino ilustre que recientemente fue papa de Roma. Roncalli, luego Juan XXIII, el papa bueno que nació y vivió algún tiempo en Bérgamo.

El dolor y el infortunio no podrán con mi amada Italia. Bérgamo es la punta de lanza. Han cerrado todos sus parques, en estos duros tiempos de confinamiento ciudadano, pero no han podido prohibir la primavera.

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