Muerte en la residencia


No puedo ni imaginarme la angustia y el dolor por el que están pasando los familiares de las personas ancianas muertas en esa residencia de Madrid, 17 cuando escribo estas líneas. Van a tener un duelo muy difícil, de eso no tengo ninguna duda, porque no han podido acompañar ni despedir a sus seres queridos como Dios manda; y porque saben que estos no han podido recibir toda la ayuda que precisaban, dada la situación tan tremenda por la que están atravesando tanto nuestro sistema sanitario como nuestro sistema de protección social.

¿Ha habido negligencia, tal vez imprudencia? ¿Estamos ante una clara discriminación por razón de edad y por eso no se enviaron ambulancias para trasladar al hospital? Tiempo habrá para dilucidarlo. Ahora me preocupa que aprendamos la lección y que, pasada la crisis del COVID-19, hagamos frente al talón de Aquiles de nuestras residencias de ancianos: que la inmensa mayoría son simples establecimientos hoteleros (alguno incluso lo parece desde el punto de vista estético), con una presencia meramente simbólica del personal sanitario (médicos y enfermeras) y sin apenas recursos para resolver problemas de salud graves. Eso explica el drama que estamos viviendo hoy; pero también el colapso anual de urgencias cuando viene la gripe estacional.

Del hospital-centrismo tenemos que evolucionar hacia un modelo socio-sanitario. Hay evidencia más que de sobra para sustentar que solo así el sistema será sostenible y, además, brindará una atención de la mayor calidad a toda la población, cuando las aguas están tranquilas y también cuando arrecia el temporal, como ahora. Algunos llevamos años demandándolo, cual Pepito Grillo, sin mucho éxito. Recemos para que ahora nos hagan caso. Es mucho lo que nos jugamos en ello.

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