Quién me manda a mí meterme a ministro


Lo natural sería que ni en su barrio supieran que este señor trabaja en Sanidad, una de las marías del Gobierno hasta que el virus aporreó la puerta, aunque el inquilino —léase, el Ejecutivo Sánchez-Iglesias— no quiso oír los golpes o pensó «se habrán equivocado, será para el vecino». Luego llegó la pandemia y Salvador Illa se convirtió en uno más de todas las familias. La imagen, madrugada en el Congreso, explica su estado, y el estado de las cosas. Illa sabe que esa mano no está bien donde está, lo enseñan en primero de Contagio. Pero también sabe que esta guerra no se gana armando a los sanitarios con tirachinas. Sabe que faltan mascarillas y respiradores. Sabe que por menos de 9.000 test de broma (a estas horas ya son 659.000) en un país serio caerían ministros y gobiernos de punta. Sabe que al final de la batalla vamos a querer besar y abrazar a nuestros héroes, no llevarles flores. Como para que el ministro ande preocupado por el movimiento de su mano.

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