Cuarentena para el partidismo político


Mientras los españoles han rebasado ya la primera semana de confinamiento con una disciplina ejemplar, excepto los insolidarios e irresponsables habituales, nuestros políticos no han sido capaces de mantener siquiera unos días la tregua política. La cabra tira al monte y han regresado los reproches, el culpar al otro de los errores propios y el afán por utilizar políticamente la pandemia. En ese ránking de la abyección, sin embargo, y esto no es novedad, se sitúa en cabeza el independentismo catalán, que no pierde una oportunidad para demostrar su obsesión enfermiza por faltar a la verdad y su odio a todo aquel que no comparte su xenofobia separatista. «De Madrid al Cielo». Ese fue el mensaje de Clara Ponsatí, ex consejera -¡de Educación!- de la Generalitat, cuando las cifras de fallecidos se dispararon en la capital. Un tuit difundido por Carles Puigdemont que sería repugnante escrito por cualquier ciudadano, pero que en alguien que ha ocupado un cargo público alcanza la categoría de miserable. El presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, no se queda atrás escribiendo a los líderes europeos para cargar contra España y mentir diciendo que aquí se hacen muy mal las cosas porque no se confina a la gente en su casa. Algo que, además de su catadura moral, da cuenta de su inepcia política, porque se lo está diciendo a dirigentes de países que no han decretado esa medida de aislamiento que sí ha tomado España.

Resulta igualmente obsceno que Pablo Iglesias se abra paso a codazos en los telediarios -violando la cuarentena impuesta a cualquier ciudadano próximo a un contagiado- para hacer aportaciones tan constructivas como decir que este virus «diferencia entre clases sociales», espolear la discordia o asombrarse de que Defensa y los militares se preocupen por las personas sin hogar. Mientras, Podemos carga contra Amancio Ortega por poner sus medios al servicio del bien común. El coronavirus está retratando a Iglesias, que necesita alentar la división y el odio de clase porque es incapaz de sobrevivir en un ecosistema que aliente la unidad y la fraternidad ciudadana.

Con todo, la máxima responsabilidad para bien o para mal la tiene siempre quien está al mando de las operaciones. Y lo que vemos es a un jefe del Gobierno en estado de alarma y a la defensiva, que centra su esfuerzo en justificar sus errores pasados y la incapacidad del Ejecutivo para gestionar el acopio y reparto de material sanitario. La omnipresencia televisiva de Sánchez y sus larguísimas y farragosas comparecencias constituyen un abuso de los medios estatales cuando se utilizan para lanzar sibilinos ataques al rival político. Y se convierten en un Aló presidente cuando se culminan con preguntas filtradas y conocidas de antemano, en lugar de permitir que se formulen en directo telemático. Con un equipo diseñado para la propaganda, y no para la gestión, Sánchez abusa del tópico churchilliano y el dato inane. Pero lo que el ciudadano necesita son medidas concretas, ayuda e instrucciones, y no excusas, autobombo ni conocer cada día la cotización del queroseno.

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