El país de la chapuza


Una vez que superemos la pandemia que nos mantiene aletargados, lo más urgente es incluir en el diccionario de la RAE el término chapucerismo. Que no está. Y definirlo algo así como dícese de la forma de actuar de las instituciones españolas ante casos de extrema gravedad y alerta general. Claro que también puede definirse como deporte nacional español.

Porque no existe palabra más ajustada para precisar lo que desde el Gobierno de Pedro Sánchez e instituciones allegadas se está haciendo a cuenta del coronavirus. Ya no se puede hablar de indolencia o incapacidad, hay que hablar de torpezas. De chapuzas. Porque una vez decretado el estado de alerta, que no diferencia entre un joven de 20 años y un anciano de 92; ni territorios asolados, como Madrid, de otros poco afectados, como Galicia, el sinsentido ha vuelto a dejarse ver.

Las normas establecidas en el real decreto no se sostienen. Mientras una parte del país permanece recluida en sus casas, la otra circula libremente aun sin necesidad de tener que hacerlo. ¿Cómo se entiende que decenas de miles de personas se apiñen y apretujen en los transportes públicos de las grandes ciudades mientras en otros lugares se establecen distancias de seguridad? ¿Qué hacen los bancos abiertos?, se preguntó el ex ministro Miguel Sebastián. Y, nos preguntamos muchos, ¿es necesario y de urgencia el transporte de pizarra y madera por las carreteras gallegas? Porque quienes talan en el monte y los que transportan comparten lecho con quienes permanecen aislados para no ser contagiados. ¿Por qué se puede salir a pasear un perro y no ir al monte o a la playa a pasear o a hacer ejercicio en solitario? ¿Qué hacen los que han de moverse por prescripción médica?

O se adoptan medidas drásticas o no se toman. Que nos explique Sánchez y su equipo de crisis a quién se le ocurrió la idea de que no pueden compartir un vehículo quienes, por ejemplo, comparten la cama. O quién dio bula a Pablo Iglesias y Álvarez de Toledo para romper las normas e ir al trabajo.

Es difícil encontrar un mayor sinsentido que el que estos días vivimos. Será que quienes nos impusieron las normas estaban preocupados por el coronavirus, pero afectados por el virus del absurdo y del despropósito.

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