En los momentos en que nos encontramos actualmente con la epidemia de coronavirus en nuestro país, con zonas de contención ampliada que probablemente tengamos que adoptar en muchas otras comunidades más pronto que tarde, no queda una solución más clara que aprender las lecciones que nos dan nuestros vecinos y amigos de Italia y de otros países. En el primer caso, lo que acontece en el país transalpino nos anticipa con 15 días lo que vamos a vivir y nos permite imitar las decisiones que han sido correctas y adoptarlas, y anticiparnos a los errores con previsión y sentido común.

Este país siempre se ha caracterizado por ser aficionado a las pequeñas (o no tanto) disputas, pero también es un país que sabe afrontar con entereza decisiones importantes. Y ahora es el momento no de reproches, sino de responsabilidad. Una responsabilidad colectiva que comienza en la responsabilidad individual de todos y cada uno de nosotros.

Sin duda alguna, la mejor recomendación que se puede hacer a la población general es que sigamos escrupulosamente las indicaciones de las autoridades sanitarias. Nada inactiva más este virus que una adecuada higiene de manos (con agua, jabón... y tiempo). El recomendar medidas de higiene respiratoria es una evidencia (además de un acto de cortesía): toser o estornudar en un pañuelo de papel y, si esto no es posible, en el codo es algo entendible y que muy bien nos enseñaron nuestros mayores (esos que tanto queremos y que se ven más sometidos a la dictadura de este coronavirus). Y respetemos nuestros servicios de urgencias y emergencias, ahora sometidos a una carga aumentada atendiendo a esos pacientes más graves por esta infección y que además deben seguir atendiendo día a día patología grave: infartos, ictus, trauma grave…

Si tenemos síntomas (fiebre, tos, malestar), respetemos nuevamente lo que nos dicen las autoridades sanitarias: vayamos a nuestra casa y llamemos a los teléfonos disponibles en cada comunidad autónoma, que informaran adecuadamente de las medidas a seguir en el domicilio (hay una buena noticia, más de un 80 % de los pacientes tienen clínica leve o prácticamente nula).

Si alguno precisásemos algún recurso mayor, ya se encargarían de hacérnoslo llegar. Pero no vayamos directamente a los servicios de urgencias por dos razones fundamentales: quitamos un tiempo precioso a los profesionales que están atendiendo a enfermos más graves y, sobre todo, podemos contribuir al contagio de esos pacientes más sensibles y de esos paciente mayores: esos padres y abuelos que tanto nos han enseñado y han luchado porque seamos quienes somos. Esta es la responsabilidad individual de cada uno. Estas responsabilidades sumadas generan una gran responsabilidad colectiva. La responsabilidad de una población, de un país entero, que no va a permitir que se castigue a los que más queremos, a los más débiles y a esos seres tan especiales que nos han educado y amamantado para ser sensibles, inteligentes y generosos; en definitiva, para ser seres humanos o, quizá mejor, simplemente buenas personas.

La responsabilidad de un urgenciólogo es ser excelente en la inmediatez, pero debe saber transmitir lo que siente en sus momentos de reflexión, y siguiendo un viejo proverbio escocés me gusta decir que «no existe medicina para el miedo», a lo que suelo añadir: «Salvo entenderlo y actuar con responsabilidad». Vamos a terminar con este maldito bicho entre todos.

No es hora de reproches, es hora de responsabilidad.

Por Tato Vázquez Presidente SEMES Galicia (Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias)

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Una responsabilidad individual