La declaración es mejorable


De la lectura de la declaración en la que el presidente del Gobierno anunció que hoy se decretará el estado de alarma puede sacarse una conclusión, al margen de las que obtengan los analistas políticos: el texto es manifiestamente mejorable. Podríamos empezar por poner media docena de comas que echamos en falta y recolocar un par de ellas más. Se repiten cansinamente algunas voces, como nuestro y máximo.

Habla nuestro presidente del «coronavirus, conocido como COVID-19». Los coronavirus son un tipo de virus, y el que ahora nos trae a mal traer es conocido por su nombre, SARS-CoV-2. COVID-19 es el de la enfermedad causada por aquel.

Dice Pedro Sánchez que lo que hacen las autoridades tiene como fin la protección de todos los ciudadanos -faltaría más-, en particular de los que son más vulnerables frente al virus «por su edad o por otros procedimientos previos». Tras una prolongada reflexión hemos de confesar nuestra incapacidad para saber lo que son los procedimientos previos. ¿Serán los padecimientos previos? Hasta ahora se hablaba de la vulnerabilidad de las personas con «patologías previas».

Quizá el pasaje más incomprensible del mensaje sea este: «Pero también me vais a permitir que haya un recurso fundamental que está más allá de cualquier ley o decreto y al que me gustaría apelar directamente a los compatriotas». Renunciamos a glosarlo.

Otro momento estelar de la declaración llega con desdoblamiento de género incluido: «Y a todas y a todos, queridos compatriotas, tenemos, por supuesto, un deber personal...». Esa preposición colocada ante todas y ante todos nos hace dar un respingo. Quitamos los incisos para ver más claro si cabe dónde chirría la cosa: «Y a todas y a todos [...] tenemos [...] un deber personal...». Probemos ahora a suprimir las preposiciones, a ver si se entiende: «Y todas y todos [...] tenemos [...] un deber personal...». Al fin. Podríamos proponer a nuestro presidente que, para llegar a la excelsitud, redujese el todos y todas al más breve todos, pero ni se le pueden pedir peras al olmo ni pretender que se arriesgue a tener una rebelión en el Consejo de Ministros y Ministras.

Choca que no haya en la Moncloa alguien que revise un texto así, o que no exista una partida con la que pagar a un corrector de estilo que les eche una mano. Los hay que lo hacen muy bien y por un precio muy arreglado.

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