Ahora, la histeria económica


Empiezo esta crónica con una confesión: tengo el mismo miedo que usted a que el coronavirus me toque en esta suerte de lotería que vivimos. Quizá más, porque ya estoy en grupo de riesgo y mi oficio me obliga a estar en reuniones, saludar a desconocidos y a otra suerte de sortilegios. Ya me acostumbré a no dar la mano y sustituirla con una sonrisa. Voy al hospital con miedo. Espero con avidez las informaciones del doctor Simón. Temo que, si esto sigue así, terminaremos todos recluidos en casa, refugiados en el teléfono y en el ordenador y en una habitación cerrada, porque hasta la familia nos puede contagiar.

El miedo a la enfermedad está asumido, porque no hay mucha defensa contra ella y, además, los fallecidos son muchos menos que los infectados. Nunca experimenté tal sensación de conformismo ante lo desconocido. No puedo decir lo mismo del miedo económico. No tengo un euro en bolsa, pero me asusta su evolución, como me asusta que Italia esté tocando la recesión, que Alemania se disponga a poner dinero público para socorrer a las empresas que tengan que hacer despidos, o que el descenso del consumo de petróleo no sea por razones ecológicas, sino porque se dejan de utilizar los medios de transporte.

La última crisis no empezó de forma tan agresiva. No la supieron ver los grandes economistas ni muchos gobiernos, como el español. Esta comenzó como una apisonadora. En unas semanas le costó a la Bolsa de Madrid más de 100.000 millones de euros. Se calcula que el coste mundial puede llegar a los nueve billones. Después vendrá una recuperación rápida, seguro. Pero es probable que, como siempre, los más poderosos harán sus ajustes para que los más débiles acabemos pagando la factura. Miro a los miles de migrantes de la frontera de Grecia y ¿quién los acogerá en la Europa sometida al estrés del frenazo brusco? Miro los sectores que se rebelan contra el sistema en tantos países y ¿quién podrá dar satisfacción a sus demandas? Y miro a Estados Unidos, donde no hay Seguridad Social generosa como aquí, unas pruebas del virus cuestan más de 3.000 dólares y ¿cuántos ciudadanos las pueden pagar y cuántos se pueden curar?

Esos son ya los nuevos miedos. Los nuevos terrores. El nuevo pánico a un empobrecimiento súbito y generalizado. Es terrible pensar que la histeria por el dinero empiece a superar a la histeria por la salud, pero es el clima que se está creando. Y no se salva nada. No se salva ni el fútbol, si tiene que jugarse a puerta cerrada y sin los ingresos de taquilla. Ni los teatros, ni los cines, ni los restaurantes, ni el comercio minorista, ni las compañías de transporte. Y nuestro país, ay, viviendo del turismo como gran industria nacional…

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