El Mal sigue vivo y no sabemos rezar


He escrito varias veces en el tonel acerca de las conclusiones que Peter Turchin, matemático del MIT, elaboró hace años con un algoritmo utilizando todos los «big data» existentes.

 Teniendo en cuenta la práctica totalidad de las variables conocidas hasta hoy -desde la Bolsa al cambio climático- el algoritmo de Turchin concluía que el 2020 iba a ser el año de mayor inestabilidad del planeta.

El dato -relevante y cercano- lo fui predicando en mi círculo de amigos hasta un punto en que se mofaban de mí por agorero y listillo. Hoy están calladitos e incrédulos y también pensativos.

El 2020 ha irrumpido con fanfarrias apocalípticas: arde Australia, el Delta desaparece, proliferan meteoros desmesuradamente enérgicos y fuera de lugar; se produce el brexit, Cataluña se revuelve, Merkel se va y vienen gobiernos Frankensteins... El coronavirus pone en jaque al mundo, Irán se lo piensa, Fidel vive, a Franco lo pasean. No hay nada sólido, ni mercados ni ideologías ni dioses, ni sexos; y esto acaba de empezar y aún nos queda mucha mili.

Pero no se inquieten, ya hemos pasado por trances semejantes, no existen datos digitales que proporcionar a Turchin, pero hay historias que hablan de ello con mucha precisión, una de las más detalladas es el relato bíblico de las plagas de Egipto. En ellas también se tiñeron de sangre la aguas del Mediterráneo, murieron los peces, las langostas arrasaron las cosechas, el granizo arruinó los campos, proliferaron las velutinas, la arena oscureció Canarias y mermaron los primogénitos que no fueran de probeta y alquiler. Y hemos sobrevivido.

La diferencia está en que las siete plagas dicen que las mandó Dios para castigar al faraón opresor y liberar al pueblo hebreo, y ahora, no hay dios con esa autoridad, ni faraón que doblegar, ni pueblo elegido. ¿O sí? «Cosas veré des Sancho que te harán estremecer y caerte de la burra».

El 2020 viene amenazante y con considerables dosis de adrenalina pero con la oportunidad de cambiar para mejor. Todo depende de nosotros.

Dice el etólogo Richard Dawkins - padre de la biología evolutiva y autor de El gen egoísta-: «según la Biblia, Yahvé mató a 2.270.365 sin incluir los de Sodoma y Gomorra ni el diluvio universal, ni las plagas, hambrunas y fieras que utilizó, los textos sagrados no informan de cantidades específicas. Sin embargo, Satán mató siempre».

Puede que la autoridad de Dios haya muerto y el mundo se haya licuado, pero «el Mal» que simboliza Satán sigue vivo, es el único personaje que no cambia. Sus viejas artimañas de seducción siguen vigentes y su obsesión por destruirnos también.

El 2020 viene demoníaco, no tenemos a quien acusar y se nos ha olvidado rezar.

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