La milagrosa retórica ministerial


Cualquier problema, expuesto y analizado por María Jesús Montero, se convierte, sin más trámites, en una solución. El déficit público, la deuda, la tasa Google, el sisado de 2.500 millones de euros a las autonomías, las pensiones, los precios agrarios, el gasto sanitario o las veinte maletas de Delcy Rodríguez, que también ella ve como problemas en su despacho ministerial, se convierten en puras bagatelas cuando, revestida de portavoz del Gobierno, y haciendo del horror vacui la clave milagrosa de su arte retórica, transforma cualquier galimatías jurídico, político o económico en una dulcísima nana.

Lejos de actuar como un puente de conexión entre el Gobierno y la prensa, para informar fielmente a la parroquia, lo que hace María Jesús es competir con Lola Flores en el arte de disparar palabras, por lo que, hable de lo que hable, siempre se escucha la misma canción: «¿Y cómo me las maravillaría yo? / ¿Y cómo me las maravillaría yo? / Yo tenía un arcón que tenía truncho tronchito pencajo y pencajito / detrás de la pica un grajo detrás del grajo una graja / detrás de la graja una tinaja…». ¡Es una genia! La primera persona que logró superar la impresión que me llevé el año que entré en el seminario, durante la velada literaria del San Rosendo (1 de marzo de 1962), cuando vi sobre el escenario a un condiscípulo de quinto curso que, caracterizado como Demóstenes, declamó tres páginas de la Segunda Filípica, en griego clásico, sin trabucar una sola sílaba, y sin despeinarse un pelo. Siempre lamenté no recordar su nombre, para citarlo. Aunque ahora se me desdibuja su imagen -¡pobre!-, ante esta retórica rapera de la señora ministra, que me tiene embelesado.

Nada que ver, sin embargo, con los milagros del vicepresidente Iglesias, que, tras hacer de relator con las mismas representaciones de agricultores que había despachado el viernes con cajas destempladas, cerró su diálogo con un impresionante «seguid apretando, porque tenéis razón». Eso le permitió situarse en los dos lados de la red, compatibilizar su condición de casta con la de sans-culotte, convertir el póker en un solitario, y dejar sentado que, de todo lo sucedido desde la batalla de Guadalete, «tiene la culpa el Partido Popular».

Aunque hablar por ráfagas, y segar el campo de batalla en un ángulo de 120 grados, está mal visto por la gente -«se o deixan falar non o prenden», decimos en Forcarei-, estoy convencido de que esa crítica solo tenía sentido cuando la admiración estaba reservada para los que recitaban las Filípicas o las Catilinarias ante un público que -sin necesidad de entender nada- se rendía ante el saber. Pero lo que se lleva hoy es el rap, el ripio y la jerga sobre fondo musical plano. Y mucho me temo que, mientras la moda dure, estas huidas hacia adelante son la retórica más fetén y eficaz del panorama político y parlamentario. Por eso creo que el clasicismo discursivo de Casado y Arrimadas se está estrellando contra un muro. Porque las Filípicas y Catilinarias no están de moda.

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