Feijoo se apunta con los vascos


Después de su ejercicio de estrabismo, con un ojo mirando a Barcelona y el otro pendiente de Madrid, Urkullu ha convocado las elecciones vascas para el 5 de abril. Evita que coincidan con las catalanas, todavía sin fecha tras la convocatoria en diferido realizada por Torra, y elude las incertidumbres que se ciernen sobre la tramitación de los Presupuestos del Estado, cuya aprobación dependerá de Esquerra Republicana. Sortea riesgos, ahora que las aguas bajan tranquilas en el País Vasco.

Inmediatamente después del anuncio, las miradas se han posado en Núñez Feijoo. Y aunque en un primer momento echó balones fuera con un toque de ironía —haría «lo mejor para Galicia», se alegraba de que la oposición estuviese «preparada»—, todos intuíamos que habría fumata blanca: elecciones en Galicia el 5 de abril. Tampoco al presidente de la Xunta, ahora que Galicia semeja una balsa de aceite y tal vez la oposición no esté tan preparada como dice, le gusta asumir riesgos. No vaya a ser que se desate alguna marejada en los próximos meses.

Aparte de las razones esgrimidas en su comparecencia, el presidente de la Xunta tenía una motivación psicológica para decidirse: los mismos días en que cosechó sus tres mayorías absolutas, en 2009, 2012 y 2016, también los vascos acudían a las urnas. Siempre le fue bien cuando las elecciones gallegas coincidieron con las vascas. Cosa que no puede decirse de sus colegas vascos. De hecho, Feijoo conoció durante su triple mandato a tres lendakaris diferentes: Ibarreche, Patxi López y Urkullu. A nadie sensato, que gana siempre con el mismo número, se le ocurre cambiarlo y tentar la suerte. Y a un conservador, menos.

A diferencia del estrábico Urkullu, sospecho que Feijoo concentró su mirada en Madrid. Allí estaba su factor de riesgo en caso de estirar la legislatura. Riesgo de que se consolide el Gobierno de coalición, se aprueben los Presupuestos y se atiendan algunas demandas gallegas, con subida de las cotizaciones de PSOE, Unidas Podemos y BNG en la bolsa electoral. Seguramente no olvida Feijoo que Pedro Sánchez, y no Gonzalo Caballero ni el PSdeG, derrotó al PP en Galicia en abril del año pasado. Pero riesgo también de que la histérica oposición de Casado y su camarilla aznarista, tan alejada del sentidiño gallego, acabase por restarle más que sumar a la causa. Ya verán, si estoy en lo cierto, los ímprobos esfuerzos de Feijoo por mantener lejos de Galicia y de la campaña electoral a Casado y su gente.

El tercer aliciente para el adelanto electoral lo aporta el estado de la oposición gallega. Feijoo sabe que, después de abril, formará Gobierno si cuenta con mayoría absoluta o dará paso a un Gobierno de coalición, probablemente tripartito. Y también que alguna de esas patas todavía no salió de la carpintería. El caso de En Marea, por ejemplo, proyecto liquidado por su fundador y en proceso de refundación, del que no se sabe si estará listo para el 5 de abril.

En esa tesitura, y habida cuenta de que Feijoo nunca tuvo un pelo de tonto, el adelanto electoral era una decisión cantada.

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