El sujetador viajero


Todo empezó una mañana de sábado. Mientras escuchaba la radio recibí en el móvil un enigmático mensaje de voz: «Hay un sujetador en la casa. Julia». Sorprendido, pensé que se trataba de una extraña contraseña, al estilo de Fariña, o algo así como la clave del espía moribundo, pero, sin duda, se habían equivocado con el destinatario. Sin embargo, pasadas unas horas el mensaje volvió a mi cabeza y caí en la cuenta. Dos semanas antes habíamos pasado el fin de semana en una sierra lucense y un grupo de amigos se había alojado en una casa rural, Casa Julia. Me pareció una posibilidad razonable, y, sin demora llamé para ver que ocurría; me alegré de haber acertado. Sin embargo, mi gozo duró hasta que Julia me dijo: «Javier, alguien se ha dejado un sujetador en la casa, es bueno, lo dejo en el bar». Pensé, ¡Cáspita! ahí queda un sujetador para Javier en el bar.

Pasados unos días uno de mis hermanos visitó la sierra y cuando al atardecer fue a tomar una cerveza al bar fue obsequiado con una tapa de jamón y un sujetador: «Para tu hermano». Me llamó confundido y tras explicarle lo ocurrido le pedí que lo trajera a Santiago. El sujetador pasó en su despacho un par de días y, finalmente, fue depositado en casa de mi madre que, gracias a Dios, no se enteró. Para mi desgracia fue la señora que cuida de ella quien lo recibió de mi hermano: «Para Javier», le dijo. Poco después lo recogí en casa y, tras las explicaciones pertinentes, lo trasladé a mi despacho y lo colgué en un perchero, sin reparar en que la bolsa era de plástico transparente; lo ocurrido después prefiero no contarlo. Al día siguiente me lo llevé a casa y, tras el clásico, «cariño, no es lo que parece», le conté a mi mujer lo ocurrido y, con rapidez, procedió a fotografiarlo haciendo circular la imagen para encontrar a la supuesta propietaria.

La primera respuesta fue de uno de mis colegas que afirmaba que era suyo, pero, obviamente no era de su talla; pocos minutos después la protagonista del olvido identificó emocionada la prenda en la imagen. Solucionada la cuestión, uno de mis amigos de Redes trasladó el sujetador a Coruña, donde, supongo, ya cumplirá la función para la que fue diseñado. Así terminó su periplo el sujetador viajero. Supongo que esta historia les hará pensar que estoy desvariando, pero no es así. El viaje del sujetador ha provocado que en el bar del pueblo crean que trafico con lencería fina, que mis hermanos y colegas no sepan que pensar y, finalmente, que la chica que cuida a mi madre piense que me dedico a disfrazarme de Dios sabe qué. Por cierto, tampoco vería nada de malo en ello. En fin, con mi reputación por los suelos, solo se me ocurre decirles que no siempre las cosas son lo que parecen.

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