Gracias a los expresidentes Aznar y Zapatero aprendimos que el carisma es una cualidad no innata, la adquieres en forma de mochila cuanto te tumbas sobre el colchón principal de la Moncloa. Gracias a los nuevos ministros podemos comprobar que no es cierta la leyenda de que esas míticas carteras con escudo constitucional y letras doradas están vacías. Contienen una elevada dosis de institucionalidad que ya se deja notar en la comunicación y en las cuentas de redes sociales de los integrantes más bisoños del Ejecutivo de coalición entre PSOE y UP. Es humano. Y lógico. No pueden exponerse a cometer errores no forzados.

En tiempos más civilizados se daba cien días de gracia a los nuevos gobiernos. Pero ahora no hay tregua. Nadie ha desmontado las trincheras. Ni ha guardado las armas. El mejor ejemplo lo pudimos encontrar en el adiós del tibio y moderado Borja Sémper a la política y en la ofensiva del PSOE contra el polémico y populista pin parental que promueve Vox para la educación murciana, con protagonismo de primeros espadas: vídeo de la ministra Celaá, mensaje del propio Pedro Sánchez, tuit de Adriana Lastra...Y la contrarréplica la dio el propio Santiago Abascal hablando de «chaladuras y sectarismos» casi a la vez que su partido anunció que no irá a los premios Goya, pese a haber sido invitado. Tal vez hayamos enterrado para siempre a Franco, que no fue decisivo en las elecciones (según el CIS), pero no las guerras culturales.

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Las guerras culturales