Divorciarse tras Navidad


Las fiestas navideñas son una época peligrosa para aquellos matrimonios que no marchan bien. Eso de que las cenas y comidas familiares suponen un motivo para que se reúnan los seres queridos y se digan lo que se quieren al son de un villancico es, en algunos casos, un cuento chino. Juntarse los cuñados, suegros, nueras y yernos que no se soportan el resto del año, con unas copas encima (tampoco tienen que ser muchas), significa una bomba de relojería que acaba en ocasiones explotando antes de que se dé buena cuenta de los langostinos.

Al principio de la reunión todo es amabilidad. Los abrazos y besos son legión, pero al segundo rioja las pullas empiezan a aflorar.

Cuando ya son tres las botellas descorchadas, aquel yerno o nuera que años atrás era como un hijo o hija para sus suegros ya es tachado públicamente de impresentable. Se suele terminar la velada con la estocada definitiva de «siempre supimos que eras un o una sinvergüenza y que lo único que te interesaba de nuestro hijo, hija, hermano o hermana era nuestro dinero». Es el problema de la convivencia, aunque puestos a ser sinceros esto solo ocurre en matrimonios que únicamente necesitan una excusa para romperse.

Para los que funcionan, las fiestas, gusten o no, unen. Por todo lo expuesto, el mes de enero es el momento del año en el que los abogados hacen su agosto.

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