El retiro dorado de la musa de Garzón que compromete a Sánchez

Delgado traspasa la cartera de Justicia a su sucesor, Juan Carlos Campo
Delgado traspasa la cartera de Justicia a su sucesor, Juan Carlos Campo

En pleno carrusel de entrevistas preelectorales, Pedro Sánchez acudió a Radio Nacional de España para hacer profesión de fe españolista y dar peso a una de sus promesas estrella: traer de vuelta a Carles Puigdemont y juzgarlo en España. Harto de que se pusiera en entredicho su capacidad para hacerlo, se encaró con el periodistas que le preguntaba sobre cómo iba a hacerlo. «Lo hará la Fiscalía General del Estado. ¿Quién manda en la Fiscalía? Está claro, ¿no?», le respondió desafiante al ser cuestionado sobre el alcance de una orden del Gobierno.

Aquella exhibición de músculo gubernamental se saldó con un aluvión de críticas y reproches. Hasta el abogado de Puigdemont, Carlos Boye, le dio las gracias irónicamente por servirle en bandeja el argumento principal de su línea de defensa: la falta de separación de poderes en España y el carácter político de la acusación contra su patrocinado, pese a estar acreditada su participación en todos los actos delictivos por los que están en prisión varios de sus compañeros de andanzas.

Una de las que guardó silencio en aquel momento fue la por entonces ministra de Justicia, Dolores Delgado, fiscal de carrera, que tenía sus propias cuitas. Había llegado al Gobierno en junio del 2018 por su carácter combativo y por su cercanía personal y profesional a Baltasar Garzón. Su carrera declinaba por unas grabaciones filtradas por el polémico Pepe Villarejo en las que se le oía llamar «maricón» a Grande-Marlaska o felicitar al policía ahora encarcelado en prisión preventiva por utilizar prostitutas para conseguir información comprometida. «La información vaginal nunca falla», explicaba en medio de otra sarta de ordinarieces quien se definió a sí misma como «una fiscal de trinchera que quiere ser ministra de trinchera».

Sus relaciones con Villarejo le costaron ser reprobada por el Congreso, con los votos de Unidas Podemos, por cierto, que exigió su dimisión. Sánchez, consciente del deterioro de la ministra, y quizá temeroso de lo que pueda salir al levantarse el secreto de sumario en los múltiples casos del considerado como rey de las cloacas policiales, decidió sacrificarla. Pero no del todo. Acostumbrado a dar la campanada con sus nombramientos y ante la ausencia de un astronauta o un escritor de moda a mano, ha utilizado el nombre de Delgado para sacudir los cimientos de todo el establishment judicial en un momento en el que está en juego su credibilidad por todo lo que rodea a las cesiones a los independentistas catalanes.

La mayoría de los antecesores de Dolores Delgado, aunque ninguno procedía del Consejo de Ministros, también fueron acusados de connivencia política con el Gobierno que les nombraba (Eligio Hernández o Cándido Conde Pumpido). Algunos, dimitieron para no sentirse utilizados, como Eduardo Torres Dulce. Ahora, el mensaje que se envía es que Moncloa, y Sánchez, no quieren dejar ni un cabo suelto en el mundo judicial ante el nuevo escenario con Esquerra y Torra. Si Montesquieu levantara la cabeza...

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