Quedamos os velliños


Me lo dijo tras despedir a sus hijos que regresaban a sus lugares de residencia alejados del pueblo que los había visto nacer. Era la mañana del primer día del año. Volvieron a pasar las Navidades junto a sus padres, al lado de sus abuelos, y ya se iban. Cuando el coche dejó de verse tras la curva, el padre emocionado se dirigió a mi, y estas fueron sus palabras: «xa se foron, sabe Dios cando voltaran, aquí solo quedamos os velliños». 1.812 rapaces y rapazas de mi pueblo, de Viveiro, abandonaron en esta ultima década su lugar de nacimiento. Causaron baja en el padrón municipal. Muchos de ellos se expatriaron, muchos de ellos siguieron el camino de la emigración y no retornaran nunca, otros encontraron trabajo, como antaño, en Madrid, en Valencia, en Bilbao. Muchos son profesionales altamente capacitados, y mientras vivan sus padres seguirán acudiendo a visitarlos por Navidad. Cuando ya no estén, su ciudad, el pueblo será únicamente pasado. Quizás no vuelvan nunca.

Yo que hice ese camino de ida, que me fui a vivir a otra ciudad lejana cuando terminaron mis felices días universitarios, que soy padre de hijos mayores que vuelven a «su pueblo» donde no han nacido, y que yo regreso con ellos al lugar donde vivimos lejos de Galicia, comparto el sentimiento de mi interlocutor.

Es la Galicia vaciada, vacía, que poco a poco se convierte en un geriátrico colectivo, en un país para viejos donde solamente van quedando «os velliños». Hemos descendido en el ultimo censo. Galicia cayó de dos millones setecientos mil habitantes pese al retorno de emigrantes tras la grave crisis venezolana. Las grandes ciudades no tienen billetes de vuelta. Nos queda el recurso de la nostalgia, de los mil nombres de la melancolía, el argumento morriñoso de la saudade. Ya somos un desierto demográfico con algunos oasis en las poblaciones costeras, mientras asistimos a la desaparición de cientos de aldeas donde solo sobrevive la espadaña de la iglesia y el viento que juega a hacer remolinos en el atrio parroquial. Si no hay trabajo nunca habrá recuperación poblacional y poco a poco nos iremos convirtiendo en una tierra más emocional si cabe, en un país de despedidas, en un territorio de adioses perpetuos. Después de la conversación citada al principio de estas líneas inicié con mi mujer un paseo sentimental de año nuevo y al llegar a la plaza mayor me detuve pensativo. Un numeroso grupo de niños jugaba en la plaza. Todavía era Navidad.

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