Galdós y sus personajes


Ayer se conmemoraba el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, así que me asomé a la ventana para buscar con la mirada la placa que le recuerda en la casa en la que murió. Está justo enfrente de la mía, en Madrid. Hice un esfuerzo por imaginar la escena de hace cien años. Salía el féretro del escritor por la puerta y afuera esperaba una modesta comitiva oficial, porque fue un funeral de Estado a medias. Pero lo más importante es que se había corrido la voz por Madrid, y en la calle Hilarión Eslava y alrededores se habían reunido más de 20.000 personas para acompañarle al cementerio. Hay una fotografía de José Zegri que inmortaliza el momento. El entierro de Galdós resultó el equivalente español al de Víctor Hugo en Francia: un referendo, un acto de crítica literaria popular, una muestra de lealtad para con su escritor por parte de gente sencilla que seguramente no le habían leído mucho pero que sabía que había escrito sobre ellos. Poco antes de morir ya le habían arropado cuando el escultor Victorio Macho descubrió la estatua que le había hecho en el parque del Retiro. Fue un acto multitudinario y Galdós, que ya estaba prácticamente ciego, se acercó a pasar la mano por su propia cara. Hubo un momento de silencio mientras restregaba los dedos por la piedra. Hasta que sacudió la cabeza y, emocionado, dijo: «¡Soy yo!». Los cronistas cuentan que el pueblo madrileño lloraba con él.

Se entiende. Al fin y al cabo, Galdós inventó Madrid. Fue él quien le proporcionó un elenco de tipos reconocibles, y la dotó de los conflictos humanos y sentimentales característicos de una ciudad moderna. Fortunata y Jacinta son, por ejemplo, la formulación castiza de la lucha de clases, que Galdós imaginaba en clave femenina y librándose a base de infidelidades en el Madrid de renta antigua -lo que es la magia de la televisión: en la versión de TVE que muchos vimos hace décadas, la actriz que hacía de rica Jacinta, Maribel Martín, era de origen más humilde que la que hacía de pobre Fortunata, Ana Belén.

Sí, se ha repetido hasta la saciedad lo de Don Benito, el garbancero, hasta el punto de que se ha convertido en una de las maldades más famosas de la literatura española. Se lo llama un personaje de Valle Inclán en Luces de Bohemia. Pero todo depende de la opinión que uno tenga de las legumbres. Galdós era, efectivamente, un escritor de cocido y plato de garbanzos, que entonces eran la base de la nutrición española y el símbolo mismo del sustento (de ahí «ganarse los garbanzos»). Pero es que, hasta que la sociología tomó el relevo, era la literatura la encargada de estudiar y explicar la sociedad -lo que quizá no fuera mala cosa. Y lo que intentaba Galdós era, igual que Balzac, hacer un censo imposible de la «humana comedia» por oposición a la divina: funcionarios cesantes, sacerdotes sin vocación, porteras, amigos gorrones, muchachas en jarras, viejos profesores muertos de hambre, criados fieles y señoras de alcurnia. Son ellos los que se ven en la foto de Zegrí de hace cien años. Uno la mira y es como si los figurantes de sus novelas hubiesen ido a acompañar a su creador al cementerio.

El propio Galdós murió insertado en su ficción, porque dicen que, en sus últimos delirios, pidió que hiciesen venir al doctor Centeno para atenderle. Habían mandado a un muchacho a ver si encontraba a ese médico cuando la hija de Galdós cayó en la cuenta de que era un personaje de una novela que había publicado su padre cuarenta años atrás. Era, además, un personaje autobiográfico. Galdós se convocaba a sí mismo a su lecho mortuorio.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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