El nacionalismo moderado era un cuento


Aunque pocos españoles llegan a reconocerlo abiertamente, somos muchos los que, o lo hablamos en privado, o sabemos en nuestro fuero interno -con esa sinceridad que solo tienen los humanos consigo mismos- que, en el trato con los nacionalistas, los gobiernos de UCD, del PSOE y del PP cometieron un tremendo error por el que ahora estamos pagando un precio altísimo: confiar, o fingir que confiaban, en la lealtad constitucional de lo que durante años se llamó el nacionalismo moderado.

Y es que, digámoslo con toda claridad, esa supuesta moderación no fue más que un invento -sin duda, históricamente explicable, pero invento al fin y al cabo- nacido de nuestra ingenua conveniencia, de nuestra ignorancia o de ambas cosas.

Es verdad que los diputados de CiU aprobaron la Constitución -no así los del PNV- y es verdad que ambos partidos facilitaron durante años la gobernabilidad de España, primero con UCD, y luego, alternativamente con el PSOE o el PP. Pero esa labor no fue distinta a la del pirómano que trabaja en plantar un bosque y cobra por ello el salario con el que comprará el material que en el futuro le va a permitir plantarle fuego. Eso, y no otra cosa, es lo que sibilinamente hicieron desde el nacimiento del sistema autonómico, de un modo tan hábil como cínico, CiU y PNV: ayudar con una mano a la gobernabilidad de España, mientras se dedicaban con la otra a utilizar los grandes recursos de poder obtenidos a cambio de tal ayuda en la llamada construcción nacional de sus respectivos territorios, construcción que debería sentar las bases para acometer, antes o después, como así ha sido, el proceso por la independencia.

Es falso, por eso, de toda falsedad, el relato que ahora pretende vendernos el nacionalismo con el apoyo, tan entusiasta como desalentador, de esa parte del socialismo español que encabeza el PSC: que CiU y el PNV fueron leales al Estado hasta que el maltrato de Madrid (¡reunión de todos los males!) o el desprecio de los partidos constitucionalistas no les dejaron otro camino que tomarse la justicia por su mano, bien con el Plan Ibarretxe, bien con la celebración del referendo de autodeterminación del 2017.

La verdad histórica, que solo la ceguera de muchos impidió ver cuando resultaba indispensable haberlo hecho, es realmente muy distinta: el nacionalismo, que tiene siempre como objetivo indeclinable la transformación de lo que considera su nación en un Estado, trabajó por ese objetivo desde que dispuso de medios para hacerlo. Lo hizo en las escuelas, en los medios de comunicación públicos y en la esfera internacional. Y lo hizo sin tregua, sin reparar en gastos y sin que el respeto a la ley lo detuviera. A la vista están los resultados.

Solo podía pasar algo peor para que todo lo conseguido por los separatistas con deslealtad y malas artes culmine en un auténtico desastre: que, por primera vez, tuviesen a un Gobierno de España cogido por el cuello. Y en eso están.

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