Alfred y la poesía


El hecho de que un joven de esta era tecnológica dedique su tiempo libre a coger papel y bolígrafo e intentar escribir en verso algo que tenga sentido debería de ser una buena noticia en sí misma, sea cual sea el resultado final. Pero creer que la frágil fama que concede un concurso basta para convertir a un juglar recién llegado en un trascendente Rimbaud es una muestra de cómo la proyección efímera que otorga la televisión puede llegar a nublar el criterio. No es ese afán poético en proceso lo que se ha vuelto en contra del triunfito Alfred García, a quien están sacudiendo por todas partes a cuenta de los pseudopoemas que componen su primer libro. Es la desmesurada notoriedad que otorga el hecho de ver publicada una obra sin consistencia solo por el hecho de ser una celebridad.

El anonimato que proporcionan las redes sociales sirve de parapeto para desahogarse contra el primero que desentona y no parece preciso dar demasiados argumentos para atizar el fuego. Esta vez le ha tocado a él, pero su caso no es único. La conexión entre la pequeña pantalla y el mundo editorial es una manifestación muy peculiar dentro del mundo de la letra impresa, más vinculada con el márketing que con la literatura. Un rostro y una marca reconocibles son un activo del que cada vez más tiende a aprovecharse casi todo.

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