Escocia, Cataluña: ¡ay de los incautos!


Las elecciones británicas -sin duda un nuevo referendo sobre el brexit- resuelven democráticamente el que ha sido durante años un asunto crucial en Gran Bretaña: su salida de la UE. La clara mayoría electoral, parlamentariamente abrumadora, del Partido Conservador, que hizo del brexit su bandera; la indiscutible segunda posición electoral y parlamentaria, pese a su durísima derrota, de los laboristas, que pagaron carecer de una única postura sobre la salida de la UE; y la irrelevancia en votos y escaños del único partido nacional que apostó por el remain, el Liberal Demócrata, cierran una cuestión que ha sido desde junio del 2016, cuando un irresponsable David Cameron convocó el referendo sobre el brexit, uno de los caballos de batalla de la política Europa.

Pero, al tiempo que un debate quedaba sentenciado (aunque veremos cómo se resuelve), otro se endemoniaba. La ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, renovaba la misma noche electoral su exigencia de un segundo referendo. Se basaba Sturgeon para ello en el engaño nacido del sistema electoral mayoritario vigente en Gran Bretaña. Porque aunque es cierto que el Partido Nacionalista Escocés obtenía 48 de los 59 escaños que se repartían en Escocia, no lo es menos que sus votos (el 45 %) son menos que los de las demás fuerzas en liza, todas contrarias a la independencia.

Más allá de esa burda manipulación, la vuelta a la carga de Sturgeon y de su partido pone de relieve una enseñanza que debería servirles a todos aquellos incautos que en Gran Bretaña y en España están en contra de la independencia pero creen, con esa ingenuidad nacida con frecuencia de la ignorancia, que la única forma de acabar con la monserga de un referendo secesionista es permitirlo.

Los casos, primero de Quebec (donde se celebraron dos consultas en 1980 y 1995 y no se han repetido porque la fuerza que las impulsaba ha ido de derrota en derrota electoral) y ahora de Escocia (donde se celebró en el 2014 una consulta con un neto resultado contra la secesión: 55,3 % frente a 47,7 %), prueban que los separatistas exigen que los dados vuelvan a rodar hasta que, en su caso, logren la victoria. Tan es así, que respecto de los referendos de autodeterminación puede sentarse un principio general: que quienes logran que se convoquen solo cejan en sus pretensiones al salirse con la suya. Solo entonces, si se alcanza la independencia, no vuelven jamás a convocarse referendos, no vaya a ser que la población quisiera revisar, dando marcha atrás, su decisión.

Lo que está sucediendo en Escocia, de muy incierto resultado, debiera ser un aviso a los caminantes para aquellos que, dando por ganado un eventual referendo en Cataluña para la causa no secesionista, insisten incomprensiblemente en que la mejor forma de callar a los nacionalistas es apoyarlos para que se celebre la consulta con la que nos chantajean. No saben, almas cándidas, con quien se están jugando los dineros.

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