La abuela


Estaba sentada y tranquila. Sacó de su bolsillo un teléfono de última generación que maneja con habilidad pese a la edad. Abrió la aplicación de las fotografías y empezó a pasar hacia atrás a su galería, donde había más de trescientas instantáneas. Sabía exactamente dónde estaban las dos fotos que buscaba. No tardó en encontrarlas ni diez segundos. «Mira, llevan mis mismos ojos», dijo. Exactamente los mismos. Inmensos. Con vida y sentimientos. Luego advierte: «No los conozco. No me los dejan ver». Lo dice sin rencor, pero con dolor. Ellos sabrán.

Espera un wasap de esa amiga de la familia que actualiza las imágenes de los niños. Siempre hay alguien bueno.

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