En estado de emergencia


Hay pocas dudas al respecto: nos estamos cargando el planeta. La comunidad científica nos concede una década de plazo para detener la destrucción. Si en el 2030 no hemos conseguido reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero, la guerra contra el cambio climático está perdida y la catástrofe servida. Mi nieto tendrá entonces once años. Lo cito únicamente para ilustrar la afirmación de António Guterres, secretario general de la ONU, de que el punto de no retorno se nos echa encima. Apenas queda tiempo y los gobiernos, más preocupados por las goteras domésticas que por el ciclón global, peregrinan de cumbre en cumbre con desesperante lentitud. Y no pocos con la intención, más o menos confesable, de convertir en papel mojado cada compromiso acordado.

La sociedad está cada vez más concienciada del problema, pero los gobiernos -unos más que otros- muestran escasa voluntad política en afrontarlo. Como no pueden proclamar en público que anteponen los intereses creados, ya legítimos o ya bastardos, a la supervivencia del planeta, algunos optan por negar la mayor: el calentamiento global no existe. Resulta significativo al respecto que los principales países negacionistas, con Estados Unidos a la cabeza, sean precisamente los principales causantes del drama... que no existe. Son ellos los que más basura trasiegan a la atmósfera.

Pero ante la avalancha de datos que evidencian el cambio climático, muchos negacionistas puros han dado un paso atrás con el propósito de colocarse en una supuesta equidistancia. No rechazan el diagnóstico, sino su gravedad. Esta nueva especie, perfectamente descrita en el editorial de ayer de un periódico madrileño, aboga por una «transición ecológica justa». Y rechaza por igual tanto las posiciones negacionistas como los augurios apocalípticos de quienes han dado cuerda a una «ideología climática con fines excluyentes». Ahí es nada.

Supongo que la última acusación recae sobre los científicos que auguran el desastre. O sobre el Parlamento europeo que ha decretado el estado de «emergencia», desoyendo a los sensatos eurodiputados de la derecha que proponían cambiar emergencia por urgencia para no desatar el pánico. O sobre los profanos que, a falta de mayores conocimientos, nos inquieta la promiscuidad de las estaciones o la sustitución de la nieve navideña de la infancia por la repentina invasión de cigüeñas.

En realidad, el ataque va dirigido, más que al populismo de Trump y Bolsonaro, a «quienes agitan la crisis climática como una guerra cultural orientada contra la economía del mercado». Acabáramos: ahí está el quid de la cuestión. Por más que duela reconocerlo a los defensores del mercado sin cortapisas y desregulado, la causa última del cambio climático reside en nuestro modelo económico y energético. Es un producto del capitalismo. De la ilusión del crecimiento ilimitado y el consumismo sin barreras. Y solo puede ser corregido por el poder público. Pisando muchos callos, claro. De ahí su dificultad.

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