Sospechosos habituales


Tras cobrar su mordida de la ruleta, ese pícaro simpático llamado capitán Renault descubrió oficialmente, con fingida afectación y escandalera, que en el mítico café de Rick de Casablanca se jugaba. Y cerró el local hasta que, previo pago de una jugosa comisión, permitió su reapertura.

Facebook, Google y Twitter ganaron dinero en los últimos años gracias a una particular aplicación de la doctrina Renault con los anuncios políticos. Permitieron que la publicidad y la propaganda escaparan a cualquier marco, límite o control (de calidad y/o veracidad) y llegaran a influir en grandes decisiones como el brexit y la elección de Trump como presidente.

Fueron tiempos de barra libre de noticias falsas, de profunda resaca y pesada digestión democrática. Después llegaron las respuestas. Han aumentado la transparencia (Facebook tiene una biblioteca de anuncios) y los límites. Twitter se cargó todos los anuncios políticos. Y Google, con Estados Unidos en vilo por el posible impeachment, ha acotado las posibilidades de hacer publicidad política. ¿Cómo? Pues limitando la microsegmentación. Ya no se podrá apuntar a los usuarios por los datos de su afinidad ideológica. ¿Así se acabó el problema? Pues no. Pero, citando una vez más a Renault, se ha puesto bajo arresto a algunos «sospechosos habituales».

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