Ecos políticos de una sentencia


Manual de instrucciones para los herederos del bipartidismo cuando les cae encima una sentencia de palo y tentetieso. Si el fallo condena al adversario, la reacción inmediata cae de cajón: exigirle «responsabilidades políticas». Váyase, señor Rajoy, si hablamos de la Gürtel; váyase, señor Sánchez, si nos referimos a los ERE andaluces. Si, además de aquella exigencia estridente, estamos en condiciones de añadir un castigo político al castigo penal, no lo dudemos: presentemos una moción de censura y echemos al responsable intelectual de la corrupción. Si no podemos, porque no contamos con aliados suficientes, centremos los esfuerzos en desprestigiar la marca del competidor: socialismo es sinónimo de corrupción. Es otra manera de colocar nuestro producto en el mercado: no porque esté sano o libre de podredumbre, sino porque el de la competencia también está corrompido.

Manual de resistencia cuando el oprobio cae sobre nuestras siglas. En este caso se aconseja, como primera reacción, negar la mayor:

-Esto no va conmigo.

Exactamente lo que hizo Pablo Casado cuando, en pleno debate electoral, Rivera prometía suprimir el «impuesto de la corrupción» del bipartidismo: «Llevo un año al frente del PP, así que a mí no me hable de corrupción ni venga usted a embarrar el debate». Exactamente lo que hace ahora Pedro Sánchez, por persona interpuesta de Ábalos: la sentencia de los ERE «no afecta ni al actual Gobierno ni a la actual dirección del PSOE». Se comprende que ni Casado ni Sánchez quieran ser juzgados por las fechorías de sus antecesores, pero entonces también deben renunciar al legado positivo que les transmitieron. Si aceptas la herencia de tus padres, asumes también sus deudas pendientes. Si Casado esgrime como aval la gestión del PP en tiempos de crisis, debe aguantar también que alguien le recuerde que el «milagro económico» de que presume se llama Rodrigo Rato y está en la cárcel. Si Sánchez hace gala del indiscutible papel que el PSOE desempeñó en la modernización del país, tampoco puede evadirse del lodazal de corrupción puesto al descubierto por la sentencia de los ERE. Como diría el mafioso antes de acribillar a su rival, no es nada personal. Solo negocios.

Desmontada la primera línea defensiva, pasamos del «esto no va conmigo» al «bueno, un poco sí va conmigo». Y entramos en la vía comparativa. El «tú más». Tus cloacas son más grandes que las mías. Nosotros solo tenemos «10 o 15 casos aislados» (Rajoy) y «ese señor del que me habla». Nuestros corruptos son menos corruptos que los vuestros: no se enriquecieron y no tienen cuentas en Suiza.

Y mientras los hooligans de PP y PSOE se zurran la badana por turnos, Ciudadanos y Unidas Podemos se unen en el diagnóstico de Pablo Iglesias: «El bipartidismo trajo corrupción y arrogancia». Unión temporal que nada significa a estas alturas, porque ni Rivera tuvo escrúpulo alguno en apoyar a los unos ni Iglesias renunciará a coaligarse con los otros. No es nada personal, solo política.

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