Pablo tenía ese «algo»


Lo mejor de Pablo López Orosa -y esto es algo en lo que coincidirán todas las voces que desde su fallecimiento se han pronunciado sobre la desoladora noticia- es que había dos maneras de admirarlo: teniéndolo como amigo primero y siguiéndolo como periodista después, o justo a la inversa. De cualquier modo, salían ganado siempre los que se acercaban a él.

De escritura prolija y minuciosa, como profesional ponía por delante las voces de las personas a las cifras, esas de las que tanto adolece el periodismo parco en sensibilidad, lleno de prisas y dependiente de los porcentajes. Tenía el nervio y la inquietud necesarias para recorrer mundo encontrando a esa "gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas. Gente que puede cambiar el mundo. O quizás oscurecerlo aún más", como él mismo dejó patente en su página web. Y nunca se desvió de ese propósito.

Pero si hay algo que caracterizaba a Pablo es que también tenía la calma necesaria para reposar las historias. Escribirlas y reescribirlas. Siempre sagaz y comprometido. Pidiendo segundas opiniones, sabedor de que no hay una única verdad, aunque con el objetivo claro.

Hijo único, se rodeó de amigos a los que quería como hermanos. Alberto González, Patricia Pernas, Queralt Castillo o Miguel Fernández son algunos de los que estos días sienten ese agujero negro que genera por dentro la pérdida de un ser querido. Agujero negro que en este caso se hace inmenso por la calidad humana del que se ha marchado. Y aunque pueda parecer lo típico que se dice de todo fallecido, en esta ocasión sí que es la única verdad. Nadie va a encontrar otra. Ni siquiera él podría discutir eso -con lo que le gustaba llevar la contraria-.

Nació en agosto de 1985 -podría decirse que a modo de presagio puesto que preferia el calor al frío húmedo de Galicia-. Recorrió medio mundo -o más- en sus 34 años de vida. Sentía una pulsión interna por viajar y entenderlo todo pero siempre terminaba volviendo a casa, a su familia, a sus amigos, a Galicia y su idioma, a las filloas y la tortilla de patatas.

Nunca perdió el norte ni la perspectiva y tuvo claro en todo momento que el periodismo más necesario está lejos de los despachos y las corbatas. Cerca de las mujeres violadas y maltratadas, los niños que intentan excabullirse de las maras, los enfermos de VIH en África o pueblos remotos de Asia que luchan con todos los medios a su alcance por no perder su lengua, su identidad.

Intentando romper esquemas y libros de estilo -la Biblia de las redacciones- se hizo un hueco en el competitivo y desagradecido mundo de los freelance. Protestando, como es lógico, por las condiciones. Barajando si merecía la pena continuar pulsando tecla o montar una librería y conseguir una estabilidad que no llegaba por ningún lado. Le pudo el periodismo. Él era, en esencia, periodismo puro.

El viernes hizo las maletas sin avisar. Solo sacó billete de ida. Y seguro que este viaje suyo también nos ayuda a abrir más los ojos y las orejas a todos. El mejor homenaje que se le puede hacer a Pablo es poner sobre la mesa la precarización de la profesión -que tanto padeció en cada cobertura-. Y leerlo. Porque, además, leyéndolo a él estamos leyendo también a Manuel Rivas, Juan Tallón, Eduardo Lago o Alberto Arce -por poner algunos ejemplos de autores y periodistas a los que era asiduo-.

Canta Andrés Calamaro -le gustaba el rock argentino- en 'Estadio Azteca' eso de que "Dicen que hay algo que tener y no todos tenemos". Pablo tenía ese algo desde que nació. Imposible separar al profesional del amigo.

La que has liado marchándote tan rápido y sin avisar, Pabliño. Nos has dejado sin brújula y a oscuras. Va a ser complicado seguir caminando.

Por Edith Filgueira Periodista

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