Galicia y las regalías de Cataluña


Estos días se celebra el trigésimo aniversario de la concesión del Nobel a nuestro Cela. Itero «nuestro» con firmeza, gallego en sentido estricto, aunque su literatura pertenezca al corpus literario español (está escrita en castellano). Los catalanes no tienen ningún Nobel a quien celebrar. Y digo esto porque a lo largo de la historia reciente, y más en los últimos años, la prepotencia y superioridad moral del catalanismo y su excrecencia, el independentismo, me hartan y vulneran. La historia repetida. Cataluña ha llegado a ser rica gracias a los privilegios que reiteradamente le han otorgado diferentes gobiernos. Su prosperidad, en realidad, comenzó con los Borbones, a los que ahora tanto detestan. Y su paradigmática burguesía, sobrevalorada, es uno de los péndulos más notorios de la historia española: tan pronto nos impusieron a un dictador, Primo de Rivera, como recibían a otro entre alharacas y «viva España» por su avenida Diagonal (Françesc Cambó fue uno de sus sufragadores). En la Transición fueron nacionalistas y, ahora, imagino que amedrentados por rufianes que cortan, queman y no dan esplendor, ya no saben lo que son ni lo que desean. No negaré ni sus habilidades ni su laboriosidad. Solo afirmaré que las nuestras no son menores que las catalanas, a pesar de que el curso de la historia política a ellos los favoreció y a nosotros nos hundió en mil miserias.

El primer ferrocarril llegó a Mataró y casi cuarenta años después a Galicia. Las únicas Olimpiadas celebradas en España acontecieron en Barcelona. La primera eléctrica, Sociedad Española de Electricidad, se creó en 1881 en Cataluña. El AVE ya circula directo desde Madrid y aquí, ahora mismo, ni siquiera podemos ir en tren a Madrid (cortada la circulación en A Gudiña). Durante la Transición aún había pueblos sin luz en Galicia mientras que la primera ciudad iluminada española fue, terruño de Puigdemont, Gerona. Las autovías, primero las catalanas. A las nuestras las parchean día tras día. Pero no solo eso, las manos que levantaron la próspera Cataluña fueron también, y entre otras, las de los gallegos. Sin embargo estos aconteceres, de todos conocidos, son casi insignificantes en la diacronía histórica. Porque cuando Cataluña comienza a despegar es, curiosamente, cuando Galicia aminora. ¿Por qué? Porque a ellos los premian con dádivas, dispensas, prerrogativas, concesiones y franquicias, mientras que a nosotros ni siquiera nos miraban. El auge catalán de la contemporaneidad comienza gracias a la política arancelaria que potenció su industria textil mientras arruinó la del resto de España obligándolos a comprar, sí o sí, sus productos. Galicia, que décadas atrás cosechaba más habitantes que Cataluña, comenzó a empobrecerse porque su economía de autoconsumo no podía abastecer a tanta población. Y emigramos. Y lo hicimos porque mientras los gobiernos de la España del XVIII y XIX privilegiaban a Cataluña, nosotros íbamos menguando. Hasta hoy mismo. A las puertas de observar cómo otra vez un gobierno de Madrid mirará a Cataluña para una investidura. Mirará a la más obsoleta y falaz: la independentista. Es la historia repetida.

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