La salud pública y algunos de sus problemas


Mucho se escribe sobre el deterioro de la salud pública, que sin duda alguna ha sido una de las mayores conquistas en nuestro llamado estado de bienestar. Cometeríamos un gran error si lo limitamos a un problema económico, que lo es, ya que es multifactorial y por consiguiente complicado su abordaje en pocas líneas. Uno de los principales retos se centra en el hospital como institución fundamental, pero es generador de un gran gasto, ya que es receptor de una demanda in crescendo. La medicina y sus avances científicos ejercen un efecto llamada incrementando las especialidades médicas, hecho que conlleva más personal cualificado, nuevas tecnologías y costosos tratamientos, y que cierra un círculo vicioso que desequilibra el presupuesto sanitario. Se ha evolucionado desde el médico o cirujano general, cuyo diagnóstico se limitaba a una correcta historia clínica, un simple análisis o una placa de RX, a la introducción casi rutinaria de complicadas y costosas pruebas, lo que se traduce en la necesidad de adecuar las necesidades de personal y el consiguiente aumento de la espiral de gasto sanitario. La consecuencia es que el hospital, una de las instituciones más relevantes de nuestra sociedad, está saturado y no solo las urgencias, una de las áreas más sensibles.

Sin duda alguna se debería empezar por campañas de educación de la población, que es consumista y no está suficientemente concienciada del coste sanitario, pero es muy difícil cambiar la equivocada cultura de que la sanidad es gratis y creo que poco se hace en este sentido. Lo segundo sería dar prioridad a la medicina de familia, los centros de salud y servicios de medicina preventiva. Pero la medicina preventiva está dentro del hospital y la medicina familiar, que tendría que ser la piedra angular del sistema, por ser la puerta de entrada, está insuficientemente dotada en equipos y personal, lo que origina descontento y, lo más importante, falta de motivación. Ocurre, y valga el símil, como ha ocurrido con nuestra antigua red de escuelas rurales que la República proyectó modernizar, pero por razones políticas que conocemos ser maestro de escuela era (y sigue siendo) una profesión desprestigiada socialmente y mal pagada, gran error que estamos pagando.

El médico sigue ocupando un puesto relevante en la escala social y ser especialista de un gran hospital parece tener más categoría (así lo demuestra la nota de corte para algunas especialidades) y, a su vez, no deja de ser un buen reclamo si llega a ejercer al mismo tiempo la medicina privada. Otro grave error, ya que sabemos que un buen médico de familia, trabajando con equipo adecuado, tecnología diagnóstica, personal auxiliar y, lo más importante, tiempo, resuelve gran aparte de los problemas o al menos limitaría pruebas diagnósticas que se volverán a repetir. Por supuesto el impacto en urgencias hospitalarias sería inmediato. Pero nuestra sociedad sigue primando al profesor, al catedrático o al especialista hospitalario en detrimento del médico de familia, que debería centralizar toda la historia clínica de nuestra vida desde que nacemos. Un buen médico de familia, un pediatra, y/o un médico internista resuelve gran cantidad de problemas a la cabecera del enfermo, limitando ingresos hospitalarios innecesarios. La lucha contra el tiempo limitado, la sobrecarga de trabajo asistencial, es la que impide llevar a cabo la primera norma en medicina, que es hacer una buena historia clínica, explorar al paciente con paciencia, sin prisas, para que la medicina no solo sea eficaz sino también eficiente y limitar al máximo la hospitalización; pero para esto es necesario no solo conocimiento, sino el tiempo y los recursos necesarios.

Por Eduardo Vázquez Martul Doctor en Medicina. Exjefe del Servicio de Anatomía Patológica y expresidente de la Comisión de Docencia del Chuac

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