La única vía para el desbloqueo


Entendieron el mensaje de las urnas. Esta vez sí. En abril, no. En aquella ocasión los españoles dictaminaron que gobernase la izquierda, pero cada uno interpretó el mensaje a su manera. Pedro Sánchez entendió que el PSOE debía gobernar en solitario, como le correspondía por derecho consuetudinario: en cuarenta años de democracia, el que ganó las elecciones siempre monopolizó el Consejo de Ministros. Incluso, para mantener en pie esa constante histórica, el candidato socialista recurrió en petición de auxilio, sin éxito alguno, a las bancadas de la derecha. Pablo Iglesias entendió, por el contrario, que gobierno de izquierda y gobierno de coalición eran sinónimos en tiempos de fragmentación y exiguas mayorías. Y que, en consecuencia, nunca apoyaría gratis et amore a un ejecutivo de izquierdas pero monocolor.

Acudieron al tribunal del 10-N para que clarificase su sentencia de abril. Y el juez soberano habló alto y claro. Primero, reprendió a los dos litigantes por hacernos perder el tiempo y la paciencia a todos. Les quitó diez escaños -tres al PSOE y siete a Unidas Podemos-, pero les dejó crédito suficiente para que tuviesen una segunda oportunidad. Después, para acabar con los devaneos del PSOE en los jardines de la derecha, clausuró esos accesos a cal y canto. Suprimió de un plumazo a Ciudadanos, oscuro objeto del deseo de no pocos socialistas, y convirtió en utopía la gran coalición con la que solo soñaban los ilusos. Finalmente se produjo el fallo en términos apremiantes: quedan ustedes dos, señores Sánchez e Iglesias, condenados a entenderse. No hay más vía posible para acabar con la parálisis y salir del bloqueo que un gobierno de progreso nucleado por PSOE y Unidas Podemos. Y aún se permitieron los jueces, si bien se mira, una advertencia final: si no acatan esta sentencia y apelan por tercera vez a las urnas, se van a enterar realmente de lo que vale el peine de la derecha.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias entendieron el mensaje. La vieja máxima de que la letra con sangre entra, imperante en las escuelas de nuestra infancia, recobró su vigencia. Lo sorprendente del preacuerdo estriba en la extraordinaria rapidez para conseguirlo, lo que merece, en términos de valoración política, una crítica y un aplauso.

La cruz: si el acuerdo estaba al alcance de la mano, ¿por qué ambos, en mejores circunstancias para el pacto, alargaron el desgobierno, nos ofrecieron un espectáculo bochornoso y nos obligaron a repetir elecciones? La cara: la premura actual, en plena resaca electoral y con todos los pactómetros en marcha, supone un positivo golpe de efecto. El preacuerdo rebaja el cabreo de la izquierda y descoloca a la derecha envalentonada, donde Casado ya se relamía ante la previsible imagen de un Sánchez que mendiga votos o abstenciones por los múltiples tenderetes del zoco. Esa misma derecha que le negó la sal y la honra y que ahora acusará al líder socialista de coaligarse con populistas indeseables. El desbloqueo, por fin, parece factible. Y por la vía que establecieron, en sentencia inapelable, los españoles.

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