Desplomes y alzamientos


Los resultados de las elecciones del pasado domingo no han constituido una sorpresa tan grande como se nos ha dicho, aunque muchos se hayan manifestado muy sorprendidos después de conocerlos. Si bien se miran los datos de la jornada, quizá se podrían calificar de raros, de peculiares e incluso de novedosos o inesperados. Con la anomalía de Ciudadanos que, como se ha apresurado a reconocer su ya dimitido líder, Albert Rivera, ha obtenido «un mal resultado, sin paliativos ni excusas». Pero, ¿dónde ha estado el éxito del PSOE, con 120 escaños? ¿Dónde el de Unidas Podemos, con 35?

Si los resultados se miran con atención, se verá que solo se puede declarar vencedores a Vox (¡52!), al PP (88) y a once partidos regionalistas e independentistas que se reparten otros 45 escaños. Pero, ¿vencedores de qué? Porque ninguno de ellos se ha situado en una posición de gobierno. Así que hay que rehacer el ya tantas veces precocinado y reformulado relato de nuestra realidad política. Porque, de lo contrario, seguiremos convocando elecciones sin tregua hasta que el azar nos depare un milagro.

La realidad a día de hoy es que Pedro Sánchez ha perdido tres escaños y que el PP ha sumado 22. Pero, curiosamente, nada de esto cambia las combinaciones posibles, porque aún desconocemos qué quiere Sánchez…, aunque sí sabemos qué quieren Unidas Podemos y Más País, e incluso qué quiere el PP, aunque no lo haya formulado aún. Algo que ahora todavía parece impronunciable, pero que siempre sería mejor que precipitarse en un empeoramiento de la parálisis vigente y del actual desencanto.

Visto lo ocurrido, solo queda darle vueltas al bombo de los relatos para construir unas argumentaciones novedosas, convincentes e inatacables por los ácidos del pasado (o de un presente súbitamente envejecido, o ya descartado). Con el propósito de acertar con la tecla de una salida apropiada, después de patrullar el pantano con el debido cuidado para no hundirse en él. Pedro Sánchez tiene la palabra, pero antes debiera de echar bien las cuentas de sus pactos para evitar que nos empotremos en un nuevo lodazal. Porque la paciencia ciudadana también tiene sus límites y sus venganzas.

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