Doble fracaso de Pedro Sánchez


Sánchez eligió elecciones. Y elecciones tuvo. Claro que las cosas no salieron ni de lejos como él las había imaginado. Aunque el batacazo más sonoro ha sido sin duda el de Rivera y sus 47 diputados menos, el gran perdedor de estos comicios ha sido el presidente en funciones, al que su estrategia le ha fracasado con estrépito. No ha ganado nada y ha perdido mucho. Pero, sobre todo, ha complicado la situación de España.

Buena parte de las argumentaciones socialistas durante estos últimos tiempos han ido encaminadas a apelar al miedo a la llegada de la ultraderecha. Si su gran objetivo era frenar el ascenso de Abascal mal le han ido las cosas, porque con su convocatoria electoral le ha abierto el grifo de los escaños a Vox y le ha colocado no ya como la tercera fuerza política, dato tremendamente relevante, sino como un actor con gran poder de influencia que ha introducido todas sus ideas en el debate público y que está tensando la cuerda en la derecha. Si a Mariano Rajoy se le acusaba de fabricar independentistas, a Sánchez cabría echarle en cara el ser el baluarte del crecimiento de Vox.

Pero el crecimiento de la derecha más polarizada no es el único error de Pedro Sánchez. No ha mejorado ni un ápice la situación de bloqueo que existía antes de las elecciones. Por tanto, si en su momento no se dieron las circunstancias para formar un gobierno, ahora tampoco. Sánchez dijo ayer que va a desbloquear la situación porque es lo que se requiere, pero para hacerlo tendría que realizar cesiones que él nunca quiso, como dar entrada en el Ejecutivo a Pablo Iglesias y su gente. Y, lo que es peor, lograr el apoyo de los independentistas, un apoyo inaceptable para un gobierno mínimamente fuerte. El caso es que de una u otra forma, nos encontraríamos con un gobierno influenciado por el radicalismo de Podemos y de los secesionistas, y con una oposición en la que Vox y su particular estilo de hacer política va a tensionar con virulencia la vida parlamentaria.

Claro que todo podría arreglarse con la mítica gran coalición. Pero para eso hace falta una altura de miras que escasea entre nuestros políticos.

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