Caramelos


Recibo un wasap en el que se ve una viñeta con unos niños pidiendo caramelos a una señora disfrazados de Halloween y dicen: «El mío sin lactosa», «soy intolerante a los colorantes», «yo sin azúcares», «sin saborizantes, por favor»... Y no me hizo gracia porque es la caricatura de una realidad cada vez más extendida.

Los niños han ido cambiando de valor a lo largo de la historia tanto que, hasta bien entrado el siglo XIX, en Inglaterra robar un niño no era delito salvo que lo robaras vestido, que entonces sí lo era por el coste de la ropa.

En la era preindustrial los niños eran bienes de producción necesarios para sacar la casa adelante y cuidarnos en la vejez, por eso había que tener cuantos más mejor. Se criaban a monte, bebían, chapoteaban, chupaban, tocaban y comían de todo, gracias a eso desarrollaron una inmunidad a toda prueba.

En la era industrial pasaron a ser un bien de inversión, su misión era subir el estatus social de la familia y ya no cabía esperar la misma atención a nuestra vejez porque estaban muy ocupados.

En la era posmoderna los niños del bienestar han pasado a ser un bien de lujo -algo que se cuida como si fuera un Rolls Royce o un purasangre- y se híperprotege avanzando sus dificultades y evitándoselas, lo que les debilita al punto de no saber afrontar la angustia de las frustraciones que inevitablemente tiene la vida.

Niños dependientes y tiranos a la vez, más vulnerables física y psíquicamente porque, criados en una aséptica burbuja de cristal, pierden las defensas y no toleran un caramelo ni un «no».

Y no deja de ser triste que este celo excesivo con que se cría a los niños les robe los sabores de la infancia.

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