Un paso imprescindible para el conocimiento de algo es su clasificación o taxonomía. La botánica, la tabla periódica de los elementos, las enfermedades, los insectos... todo requiere una clasificación. Pensamos clasificando los elementos que percibimos y organizándolos en mapas de representación neuronales. Clasificar es un paso previo a poder distinguir y conocer.

En esta nueva convalecencia electoral da la sensación que padeciéramos de fiebres tercianas, esas que se repiten cada tres días, también llamadas malaria, que nuestros antecesores achacaron a un «mal aire» traído a la península desde África por los ejércitos de Aníbal.

En esta convalecencia -decía- me doy cuenta de lo borrosa que se ha vuelto la taxonomía de las opciones políticas; de cómo la vieja clasificación de izquierda, centro y derecha ha quedado obsoleta en la medida en que es difícil saber qué espacio ocupa cada uno de ellos. Salvo Unidas Podemos que mantienen claramente la misma posición que el Comunismo de hace siglos clasificando el mundo según el Sumun Malum (capitalismo/monarquía) y el Sumun Bonum (república/clase obrera) ; los partidos nacionalistas que se plantan en la exaltación del terruño como si no hubiera un ayer ni un mañana y Vox , que no esconde las cartas ni el rey de bastos. El resto, son un caldo con todo tipo de propuestas que los hacen difícilmente clasificables.

La supuesta izquierda moderada se desplaza al centro a toque de actualidad; el centro oscila a derecha e izquierda según suenen las encuestas y las derechas se visten de centro cuando la corbata les queda grande. En definitiva, que la mayoría están fuera de sus casillas y es difícil intuir en qué espacio van a quedarse una vez remita la fiebre y volvamos a empezar.

Pero esta borrosidad deriva también en la dificultad de ubicarse uno mismo frente a tal panorama. Se trata de encontrar el sitio en donde te sientas cómodamente representado y apoyarlo pero -visto lo visto- la vieja taxonomía política ya no es mapa para moverse en esta realidad mutante y pantanosa. La fauna política actual requiere un nuevo estudio, clasificación y taxonomía. Quizás ayudaría que se les exigiese pasar por un detector de mentiras, un estudio neuropsicológico y una prueba de esfuerzo hasta poderlos ubicar; pincharlos con alfileres y colocarlos en un anaquel con el nombre de la especie en latín, género y subgénero debajo.

A ver si así nos enteramos de qué somos los ciudadanos y a qué nación, nacionalidad, comunidad nacional, estado, patria, clase social, sexo o religión, nos adscribimos según edad y sentido común a la hora colocar la papeleta dónde nos corresponda con el nombre en latín.

Y que Dios reparta suerte y la fiebre se resuelva para bien de todos.

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