La Cataluña que abuchea a la Cataluña que investiga


Cuando, pasados los años, los historiadores se pongan a explicar en serio -ahora hay demasiado ruido y furia para hacerlo- cómo se llegó en Cataluña al otoño del 2019, una de las cuestiones más delicadas a analizar será por qué esta sociedad moderna, culta y democrática se dejó embaucar por un Artur Mas que encontró en la fábula separatista la salida de emergencia para huir de la indignación causada por los recortes salvajes y por la corrupción sistémica instaurada por su mentor y tótem, Jordi Pujol, de los Pujol de toda la vida.

Aquella desafección que José Montilla ya había detectado en el 2007, a los pocos meses de aprobar el remozado Estatut que acabaría siendo cepillado en el Congreso y planchado en el Constitucional, creció con el cabreo generalizado por la nefasta gestión de la crisis diseñada con ardor prusiano por los mandarines de Berlín y Bruselas. Aquel resquemor contra la clase política fue canalizado por movimientos de protesta que el temeroso Artur Mas vio muy de cerca en el 2011, cuando tuvo que subir a un helicóptero para ponerse a salvo de las masas enfurecidas que sitiaban el Parlamento de Cataluña.

Acorralado, Artur Mas decidió fingir que él había sido siempre un antisistema y que su lugar no era el helicóptero de los Mossos, sino el otro lado de la barrera policial. El prototipo de las clases acomodadas de la burguesía catalana se echó al monte todo lo que le dejaron sus compañeros de barricada de la CUP, que para ese viaje al abismo prefirieron a un purasangre como Carles Puigdemont.

Por supuesto, nadie dice que Mas y Puigdemont hayan abducido a dos millones de ciudadanos catalanes para convertirlos de la noche a la mañana en independentistas. Cada uno es libre de creerse o no los cuentos de un supremacismo que, aquí y en Alabama, siempre promueve la exclusión del desfavorecido del selecto club del pueblo elegido. Pero la absoluta irresponsabilidad de los líderes secesionistas estriba en que han recurrido a un instinto primario como el sentimiento de pertenencia para agitarlo e inflamarlo con el único objetivo de ocultar el hedor de las miserias de un proyecto nacionalista que, en vez de hacer país, lo estaba desguazando para vendérselo luego a plazos a sus legítimos propietarios.

Así se creó un problema que empezó siendo artificial y basado en premisas falsas, pero que, como sucede tantas veces en la historia cuando la mediocridad de unos se alía con la mezquindad de otros, ha acabado por ser terriblemente real. Y así hemos llegado a que la mejor Cataluña, la que investiga y genera conocimiento impulsada por entidades como la Fundación Princesa de Girona, se tiene que atrincherar en el palacio de congresos de Barcelona para entregar y recibir sus premios a la excelencia mientras, en el exterior, otra Cataluña abuchea, zarandea e insulta a sus conciudadanos por no comulgar con las ruedas de molino que algunos confunden con épicos gigantes.

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