El acoso al rey retrata al secesionismo


El debate fue tedioso en el formato y lamentable en el contenido. Pero hubo en el fallido espectáculo, sin embargo, un momento decisivo. Y no lo fue, claro está, por lo que dijo alguien, pues ya hemos señalado que nada de sustancia hubo allí, sino, al contrario, por un alarmante silencio. «¿Va a pactar con los independentistas sí o no? ¿Cierra la puerta a pactar con Junqueras, con Torra y con Otegi sí o no?», le preguntaron al presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. Increíblemente, la respuesta del líder del PSOE fue la de callar y agachar la cabeza. Ese largo silencio resultó atronador por producirse solo unas horas después de que los líderes independentistas catalanes hubieran alentado un boicot y un acoso intolerable al jefe del Estado en Barcelona y de que el secesionismo más radical mostrara al mundo su verdadero rostro, golpeando y escupiendo a los invitados a los premios de la Fundación Princesa de Girona.

Que en un debate electoral apenas se mencionaran de pasada los graves sucesos acaecidos en Barcelona ese mismo día es un hecho muy preocupante por lo que supone de normalización de una situación en la que el secesionismo se está apoderando de los espacios públicos de Cataluña de forma cada vez más violenta. Y que un presidente del Gobierno, aunque sea en funciones, no solo no condene enérgicamente en un debate electoral esa barbarie antidemocrática, sino que no rechace expresa y taxativamente el apoyo a su investidura de quienes alientan el hostigamiento al rey, es un error que en nada contribuye a recuperar la normalidad constitucional en Cataluña.

Cuando, después de unos hechos abyectos que avergüenzan a cualquier demócrata y ofrecen una imagen lamentable de Cataluña, el consejero de Interior de la Generalitat, Miquel Buch, se felicita de que no haya habido «ningún incidente grave», afirma gozoso que «se pudieron garantizar los derechos de los manifestantes» y culpa a los propios agredidos de que tuvieran «problemas para acceder» por no utilizar unos autobuses para acudir al acto de forma clandestina; o cuando la portavoz de la Generalitat niega que hubiera agresiones, sino solo «silbidos», es que se han superado ya todos los límites de la indecencia moral y política.

Defender la república o cuestionar la monarquía es algo absolutamente lícito en nuestra Constitución. Pero otra cosa muy distinta es que la libertad y la figura personal del jefe del Estado estén siendo atacadas de forma impune desde la propia Generalitat. Y esto ocurre a pocos días de que se celebren las elecciones. El rey dio un ejemplo de coraje democrático al afirmar en Barcelona que «ni la violencia, ni la intolerancia, ni el menosprecio por las libertades de los demás pueden tener cabida en la realidad de Cataluña». Garantizar que todos los catalanes puedan votar este domingo en libertad es ahora una obligación del Estado de derecho. Y condenar la instrumentalización de la violencia por parte del independentismo y renunciar a cualquier futuro pacto con sus representantes es una exigencia para cualquier demócrata.

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